* Escorpión de la familia Buthidae. Holotipo de la especie Centruroides sanandres. Foto Cortesía: María Fernanda Londoño de la Hoz (Unimedios).
Agricultura & Ganadería
(UN – Martes 23 de diciembre de 2025).- Mide apenas 0,37 milímetros, pero cambió lo que se sabía sobre las arañas en el mundo. Se llama Patu digua y fue hallada en el Valle del Cauca. En el extremo opuesto están tarántulas gigantes como Theraphosa blondi, capaces de alcanzar hasta 28 centímetros con las patas extendidas. Ambas conviven, junto con escorpiones, vinagrillos y arañas látigo, en la Colección Nacional de Arácnidos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), un archivo científico que revela una biodiversidad tan vasta como aún poco conocida.
Entre los miles de ejemplares reunidos desde la década de 1960, hay especies que llaman la atención no solo por su tamaño o rareza, sino también por sus historias. Por ejemplo, Aguapanela arvi, lleva el nombre de una bebida tradicional colombiana y fue identificada en el Parque Arví, en Antioquia. Su presencia ilustra el potencial oculto de un acervo que todavía guarda muchas sorpresas por descubrir.
La Colección Nacional de Arácnidos del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) reúne aproximadamente 37.000 ejemplares catalogados y otro número similar pendiente de ingreso. Representa a los 32 departamentos del país y reúne todos los grupos de arácnidos: arañas, escorpiones, opiliones, amblipígidos, esquizómidos, uropígidos, ricinúlidos, ácaros, palpígrados, solífugos y pseudoescorpiones. Muchos de estos organismos pasan inadvertidos e incluso suelen confundirse con arañas por su forma y movimiento. “No solo tenemos arañas y escorpiones”, señala su curador, el profesor Jimmy Cabra García, al insistir en la amplitud del grupo.
Esta riqueza contrasta con una realidad preocupante. La falta de conocimiento sobre muchos de estos organismos tiene consecuencias serias, ya que aún se desconoce la magnitud real de la diversidad de varios grupos en Colombia, como los ácaros y los opiliones, lo que dificulta elaborar planes de conservación que los incluyan. Además, la ausencia de información básica, como datos de distribución y estado de las poblaciones, impide evaluar de manera efectiva el impacto de actividades como el tráfico ilegal, especialmente en el caso de las tarántulas, muy demandadas en mercados internacionales.
La importancia científica de la colección se refleja en los cerca de 100 holotipos y paratipos que resguarda, ejemplares que funcionan como referencia oficial para reconocer y comparar especies. “Somos la colección a la que la mayoría de investigadores acuden para depositar material tipo en Colombia”, afirma el investigador Cabra, en reconocimiento al rigor técnico del acervo.
Aun con décadas de trabajo, el panorama sigue incompleto. No existe un dato certero sobre cuántas especies de arácnidos hay en Colombia. En arañas, uno de los grupos más estudiados, se registran unas 1.400 especies, aunque la cifra real sería mucho mayor. “Casi cada vez que voy al campo recolecto especies nuevas”, comenta el experto, quien menciona que amplias regiones del país permanecen sin explorar y que varios grupos siguen siendo poco estudiados por el difícil acceso a los territorios.
Colombia reúne historias que revelan la diversidad extrema de estos organismos. Patu digua, con solo 0,37 mm, es la araña más pequeña del mundo y fue encontrada en el Valle del Cauca. En el otro extremo, tarántulas gigantes como la Goliath del Amazonas (Theraphosa blondi) ilustran la enorme variación de tamaños del grupo. A esto se suma Nativus nocaima, una especie endémica de Cundinamarca cuyo nombre, inspirado en este municipio, recuerda que la ciencia también dialoga con la identidad y el territorio.
El miedo hacia los arácnidos es común, aunque los riesgos reales son reducidos. “La gran mayoría de arañas son venenosas, pero muy pocas son peligrosas para los humanos”, aclara el profesor Cabra. En Colombia solo tres géneros —Phoneutria, Latrodectus y Loxosceles— tienen relevancia médica, y los casos confirmados de envenenamientos severos son escasos. Mientras tanto, la seda y el veneno de varias especies despiertan interés por sus posibles aplicaciones médicas e industriales.
Uno de los mayores desafíos de la colección está en lo que aún no tiene nombre. Más del 70% de los especímenes no está identificado a nivel de especie. “Pueden ser cosas aún por describir”, advierte el curador. Cada frasco podría contener una historia desconocida, una pieza clave para comprender la biodiversidad del país o incluso una especie en riesgo sin que todavía lo sepamos.
Por ello, la colección recibe visitas permanentes de investigadores que revisan material, comparan especímenes, describen nuevas especies y actualizan el inventario biológico nacional. Es un espacio donde la ciencia avanza lentamente, pero con rigor, y donde la diversidad colombiana se hace visible, ejemplar por ejemplar.