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Por: José Félix Lafaurie Rivera * / Autor Invitado
Agricultura & Ganadería
(JFLR – Viernes 9 de enero de 2026).- El tema del día y quizás del año es la “extracción” de Nicolás Maduro, pero más allá de lo episódico, lo importante es lo que viene para Venezuela y también para Colombia, pues nuestra frontera común, nuestras 300.000 hectáreas de coca y nuestros bandidos binacionales nos hacen parte del problema.
Van y vienen las tesis de expertos y la condena de la izquierda y del centro confundido a la operación militar y a las intenciones de Estados Unidos con viejos lugares comunes: que la libre determinación de los pueblos, como si el venezolano no hubiera perdido, hace un cuarto de siglo, esa libertad de definir su destino; que la soberanía, entendida como el poder “soberano” de un Estado para gobernar, legislar e impartir justicia por delegación del pueblo en las urnas, algo que perdió Venezuela cuando la voluntad popular quedo sepultada bajo la dictadura socialista del siglo XXI.
Democracia, libertad, soberanía, son palabras vacías si no tienen expresión en la vida de las personas. Ocho millones de exiliados, la destrucción del aparato productivo, incluido el petróleo; presos políticos, corrupción, desempleo, pobreza y el miedo de un pueblo como forma de vida, sometido por el Estado y sus tentáculos en la sociedad –colectivos chavistas armados y paramilitarismo eleno, entre otros– son la demostración de que esos conceptos, que hoy se invocan con supina hipocresía en el mundo, son historia en Venezuela desde hace décadas, con el silencio cómplice de una comunidad internacional que ahora se escandaliza con la intervención estadounidense.
Siempre habrá quien se acomode a la tiranía por mezquindad o subsistencia, pero la mayoría de los venezolanos exiliados o en su patria, a quienes no les importa la geopolítica, el petróleo ni el imperialismo, ve en la intervención un camino posible hacia el retorno de la democracia.
Ahora bien, hay señales confusas para quienes vemos la película desde lejos, mas no para el gobierno Trump, que no se embarcó en semejante operación militar de alto riesgo y precisión quirúrgica, para luego no saber qué hacer, como afirman algunos analistas. “No estamos improvisando”, afirmó Marco Rubio ante la prensa mundial, después de explicar la estrategia para Venezuela.
Por el contrario, hay una hoja de ruta, y se equivocan quienes pretenden que la motivación de Estados Unidos debería ser meramente filantrópica o de defensa romántica de la democracia. No. Se trata de geopolítica pura y dura, de supremacía política y comercial en la región, de Doctrina Monroe, de América para los americanos.
La interdependencia entre países es una realidad económica y geopolítica, y si me preguntan, prefiero la alianza con mi vecino, a quien conozco y con quien comparto afinidades. No tengo dudas cuando pienso en lo que el lejano comunismo soviético le hizo a América Latina con la financiación de la revolución armada a través de su enclave cubano, que hoy todavía nos amenaza devenida en narcoterrorismo, y en lo que le hizo a Venezuela su heredero, el socialismo progresista.
Petro entregará el poder el 7 de agosto y en mayo Colombia no puede volver a equivocarse en las urnas ni a equivocarse de amigos, pues la economía del país no resistirá un segundo capítulo de la izquierda populista y promesera, ni de su connivencia negociadora con el narcoterrorismo, aunque Petro, de dientes para afuera, le haya pedido a Trump que le ayude a “golpear duro al ELN en la frontera”.
Trump tiene clara su estrategia en Venezuela, y si Colombia no corrige el rumbo y se coloca del lado correcto de la historia y de la geopolítica continental, también tendrá clara su estrategia frente al narcoterrorismo en nuestro país.













