Nanotecnología: El Eslabón Perdido para una Cadena de Frío Sostenible y Eficiente

El Desafío Invisible: El Costo Ambiental del Frío

(NANO FREEZE en la web – Lunes 13 de abril de 2026).- La refrigeración es el motor silencioso de la vida moderna. Desde la seguridad de las vacunas hasta la integridad de nuestra mesa, dependemos de mantener temperaturas controladas. Sin embargo, esta dependencia tiene un precio crítico: los sistemas actuales representan el 17% de la demanda energética mundial y emiten cerca de 3.000 millones de toneladas de CO2 al año, debido a la alta demanda energética y tecnologías ineficientes.

Cuando la cadena de frío se rompe, la crisis se vuelve tangible. A nivel global, las deficiencias logísticas generan desperdicios que superan el billón de dólares anuales. En regiones con infraestructuras eléctricas inestables, como la Colombia rural, esta brecha condena a los pequeños productores a perder entre un 33% y un 50% de sus cosechas antes de llegar al mercado. No es solo un problema logístico; es un golpe directo a la seguridad alimentaria y a la economía de quienes más lo necesitan.

NanoFreeze: Ciencia Aplicada a la Eficiencia Energética

Nacida en 2020 bajo el rigor de la investigación en Biodiseño en la Universidad de los Andes, NanoFreeze surgió con un propósito claro: democratizar el acceso al frío mediante la nanotecnología. Lo que comenzó como una observación en campo sobre el acceso limitado a la energía, se transformó en una solución disruptiva que hoy permite reducir drásticamente tanto el consumo eléctrico en refrigeración, como el desperdicio de productos perecederos.

Nuestra tecnología actúa en el corazón del sistema, optimizando la transferencia térmica y permitiendo que la cadena de frío sea resiliente incluso en entornos de difícil gestión energética.

Hoy, nuestra solución no es solo una promesa; es una realidad implementada en empresas del Fortune 500, como AB InBev, demostrando que la sostenibilidad y la rentabilidad pueden y deben coexistir.

En NanoFreeze, no solo enfriamos productos; estamos protegiendo el futuro de la alimentación y la salud global a través de la ciencia.

El desarrollo reciente de esta solución desde finales del 2025 ha sido impulsado por P4G, una iniciativa que apoya startups de impacto con soluciones de adopción o mitigación al cambio climático. En este marco, Nanofreeze a través de Biocold Technologies S.A.S.BIC- recibió una subvención de USD282.000 destinada a fortalecer el desarrollo y la implementación de la tecnología en el sector agricultor y de eficiencia energética del país, en alianza con Reddi Colombia.

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Referencias Bibliográficos

https://www.fao.org/newsroom/detail/tackling-food-loss-and-waste-from-the-farm-to-the-table-and-beyond/en#:~:text=The%20event%2C%20which%20also%20included%20a%20message,contribute%20to%20achieving%20climate%20and%20Sustainable%20Development

https://www.fao.org/family-farming/detail/en/c/1681058/#:~:text=The%20chapter%20examines%20effective%20approaches%20to%20reducing,Year:%202024.%20:%20:%20:%20Type:%20Report

https://www.foodmanufacturing.com/supply-chain/blog/22865828/food-waste-costs-the-worlds-economy-1t-each-year#:~:text=Harvesting%2C%20manufacturing%2C%20packaging%2C%20transporting%20and%20stock%20rotation,7%2D15%25%20of%20the%20wastage%20happens%20during%20transport.

https://colaboracion.dnp.gov.co/CDT/Prensa/Publicaciones/P%C3%A9rdida%20y%20desperdicio%20de%20alimentos%20en%20colombia.pdf#:~:text=9%25%207%25%20Page%2011.%20Departamento%20Nacional%20de%20Planeaci%C3%B3n%20(DNP)

1. Referencia: Pérdida y Desperdicio de Alimentos en Colombia, Departamento Nacional de Planeación (DNP) de Colombia.

2. Dato Clave: El DNP ha reportado que en Colombia se pierden o desperdician 9,76 millones de toneladas de comida al año (aprox. el 34% de la oferta total).

3. Referencia Complementaria: The Cold Chain Opportunity, Shell Foundation / InspiraFarms (2019/2022).

4. Dato Clave: Estudios de campo en regiones en desarrollo indican que, sin pre-enfriamiento y transporte refrigerado, los pequeños productores pierden habitualmente entre el 30% y el 50% de su cosecha (especialmente en frutas y verduras de alto valor) debido a la rápida degradación poscosecha.

Zanahorias descartadas por su forma y aspecto tienen más antioxidantes que las “normales”

* Sin importar su forma o tamaño, la zanahoria tiene una gran capacidad antioxidante. Foto Cortesía: Jaison Martínez, magíster en Ciencia y Tecnología de Alimentos de la UNAL Sede Medellín.

Agricultura & Ganadería

(UN – Jueves 26 de marzo de 2026).- En municipios de Antioquia como Marinilla y El Santuario se pierde hasta el 30% de la producción de zanahoria por criterios estéticos del mercado, pese a que estas piezas “imperfectas” contienen cerca de 90 compuestos antioxidantes, y en algunos casos superan el valor nutricional de las que sí llegan a supermercados y tiendas, según un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín.

La zanahoria (Daucus carota), cuyo nombre proviene del árabe safunnārya, es un cultivo tradicional y muy apetecido en el país. Su consumo se asocia con la salud visual y el fortalecimiento del sistema inmune, y según la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria (UPRA) en 2025 Antioquia, Boyacá, Cundinamarca y Nariño concentraban hasta el 98 % de las áreas sembradas con esta hortaliza de raíz comestible.

Con más de 200.000 toneladas en 2024, el municipio de El Santuario registra la mayor producción de zanahoria en Colombia. Por su vocación agrícola este territorio ubicado a 56 km de Medellín es conocido como la “legumbrería de Antioquia”, y de este oficio dependen cerca de 40.000 habitantes. Limita con Marinilla, municipio apodado “la Esparta colombiana” por su papel en las guerras de independencia.

Hasta allí llegó el investigador Jaison Martínez Saldarriaga, magíster en Ciencia y Tecnología de Alimentos de la UNAL Sede Medellín, con una pregunta: ¿realmente las zanahorias deformes, rajadas o manchadas dejan de ser útiles luego de la cosecha?

Del dicho al hecho…

Para responderla, realizó 40 muestreos en fincas de Marinilla y El Santuario, en donde recolectó cerca de 5 kg de zanahorias por cada tipo: comerciales (las que se venden) y no comerciales, las cuales se clasifican en cuatro grupos: fuera de tamaño estándar (menos de 10 cm o más de 25 cm), deformes, rajadas y con daño patológico superficial como manchas negras, es decir afectadas externamente por hongos o bacterias, que en el caso de la zanahoria suelen ser Alternaria dauci y Cercospora carotae.

“Muchas de estas zanahorias no están dañadas internamente, sino que simplemente no cumplen con criterios estéticos o de uniformidad exigidos por el mercado, pero tras procesos adecuados de limpieza y cocción pueden ser aptas para el consumo humano”.

“En las plazas de mercado de estos municipios suelen venderse bultos de zanahoria con imperfecciones por tan solo 10.000 o 15.000 pesos, mientras que el bulto de las ‘normales’ pueden costar hasta 110.000 pesos, aunque ambas contienen los mismos antioxidantes y alto valor agregado”, señala el magíster, quien también colabora con Agrosavia.

Para comprobar si las zanahorias “imperfectas” eran realmente menos nutritivas, el magíster las llevó al laboratorio, y lo que hizo en esencia es algo similar a “exprimirlas” químicamente para ver qué contenían. Para ello evaluó su capacidad antioxidante, es decir qué tan bien pueden neutralizar radicales libres, que son moléculas inestables asociadas con el envejecimiento celular y con diversas enfermedades.

Primero las lavó, peló y trituró hasta obtener una mezcla homogénea, y luego utilizó agua y alcohol para extraer sus compuestos activos, separándolos del resto del tejido vegetal. Después filtró ese extracto y lo probó frente a radicales libres en condiciones de laboratorio.

Allí empleó ensayos que funcionan como termómetros de la capacidad antioxidante: cuanto más alto es el resultado, mayor es la capacidad de protección, y estos cambios se evidencian con alteraciones del color de las muestras, que pasan de tonos amarillos o claros a azul intenso. Además, midió los fenoles totales, compuestos naturales que indican la cantidad de sustancias antioxidantes presentes en cada muestra.

Un potencial inesperado

Los resultados rompen con la intuición de los consumidores: las zanahorias descartadas —especialmente las rajadas o con manchas superficiales— no solo igualan a las comerciales, sino que además las superan en algunos casos. Algunas muestras incluso duplicaron su capacidad antioxidante en laboratorio. En otras palabras, las zanahorias menos bonitas para el consumidor pueden ser igual o más beneficiosas desde el punto de vista nutricional.

La explicación estaría en la respuesta de la planta al estrés, pues cuando una zanahoria crece en condiciones adversas, como cambios ambientales, deformaciones o ataques de microorganismos, activa mecanismos de defensa y produce más compuestos protectores. Esos compuestos son, precisamente, los antioxidantes.

El análisis identificó cerca de 90 compuestos en total, entre ellos flavonoides y otros metabolitos asociados con efectos antioxidantes y antiinflamatorios.

Se destacan compuestos como el 4-metoxiflavonol y la nuciferina, asociados en la literatura científica con propiedades antioxidantes, antiinflamatorias y antibacterianas, e incluso con potencial anticancerígeno. Esto sugiere que estas zanahorias, lejos de ser un desecho, se podrían convertir en una materia prima valiosa para industrias como la alimentaria, la cosmética o la farmacéutica.

Sin embargo, hoy la mayoría termina como alimento para ganado, abono, o simplemente se pierde en el campo, lo que reduce los ingresos de los productores y se desaprovechan recursos valiosos.

“El problema no es que estas zanahorias sean de mala calidad, sino que no cumplen con una expectativa visual, pero si se aprovechan adecuadamente pueden ser una oportunidad para reducir pérdidas y generar nuevos productos con valor agregado”, concluye el magíster.

Patente para innovar que permite cultivar tomates y lechugas en casa con 90% menos agua

* El sistema automatizado de cultivo Kotiria regula el agua, los nutrientes y el crecimiento de las plantas mediante sensores. Foto Cortesía: Víctor Germán Quintero Toro, investigador de la UNAL Sede Manizales y creador del sistema Kotiria.

Agricultura & Ganadería

(UN – Miércoles 25 de marzo de 2026).- Una mesa de centro que produce alimentos, o un jardín vivo integrado al mobiliario del hogar, ya no solo solo una idea futurista. Kotiria, un sistema de cultivo hidropónico desarrollado en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales, permite cultivar dentro de casas y apartamentos mediante un dispositivo automatizado que con herramientas de inteligencia artificial (IA) controla el agua, la luz y los nutrientes, y puede reducir hasta en un 90 % el consumo de agua frente a la agricultura tradicional.

La innovación desarrollada por el profesor Víctor Germán Quintero Toro, de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la UNAL Sede Manizales, recibió “Patente de invención” por parte de la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC).

Se trata de una tecnología inscrita en un contexto global en el que la producción de alimentos enfrenta varios desafíos ambientales, entre ellos los pesticidas —sustancias químicas diseñadas para eliminar insectos, hongos o malezas que pueden dañar los cultivos—, que aunque ayudan a proteger la producción agrícola, el control de su uso también ha generado preocupación entre científicos y organismos internacionales.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) actualmente existen más de 1.000 tipos de pesticidas utilizados en la agricultura, y cada año se aplican en el mundo más de 4,4 millones de toneladas de estos productos.

Entre los más conocidos se encuentran herbicidas como el glifosato, insecticidas como el clorpirifos y compuestos para controlar malezas como el 2,4-D. Diversos estudios científicos han señalado que la exposición prolongada a algunos de estos compuestos se relacionaría con alteraciones neurológicas u hormonales bajo determinadas condiciones.

A este panorama se suma otro desafío importante para la producción de alimentos: el uso intensivo del agua. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), alrededor del 70% del agua dulce disponible en el planeta se utiliza en la agricultura.

Para dimensionar este consumo, los investigadores utilizan el concepto de “huella hídrica”, que se refiere a la cantidad total de agua necesaria para producir un alimento durante todo su proceso de cultivo. Por ejemplo, producir 1 kg de tomate puede requerir entre 180 y 300 litros de agua; 1 kg de lechuga entre 130 y 200 litros, y 1 kg de papas cerca de 250 litros.

En este escenario, tecnologías de cultivo más eficientes buscan reducir el consumo de recursos y acercar la producción de alimentos a los espacios urbanos. El sistema Kotiria funciona mediante hidroponía, un método agrícola en el que las plantas crecen sin tierra; en lugar de suelo, sus raíces se desarrollan en agua enriquecida con nutrientes minerales esenciales para su crecimiento.

Asimismo, integra sensores y algoritmos de IA que monitorean variables como el riego, el pH del agua, la iluminación y la concentración de dióxido de carbono. Esta información permite que el sistema ajuste automáticamente las condiciones del cultivo y mantenga un entorno adecuado para el desarrollo de las plantas sin que el usuario tenga conocimientos previos de agricultura.

Un sistema de cultivo automatizado

El profesor Quintero comenta que “la idea surgió de una inquietud personal porque yo quería tener plantas en casa, pero sin tener que saber de agricultura. Entonces pensé en construir una máquina que se encargara de cultivar las plantas automáticamente”, señala.

Así, Kotiria funciona como una pequeña estación de cultivo doméstico. Las semillas se colocan en un sustrato elaborado con fibra de coco y caucho natural, materiales que sirven como soporte para las plantas y a la vez permiten que el agua y los nutrientes lleguen a las raíces.

Uno de los factores más importantes para el crecimiento de las plantas es el pH del agua, una medida científica que permite determinar si una sustancia es ácida, neutra o alcalina.

En una escala de 0 a 14, los valores inferiores a 7 indican acidez —como el jugo de limón o el vinagre—, el 7 se considera como un valor neutro, como el agua pura, y valores superiores a 7 indican que una sustancia es alcalina. Mantener el pH en rangos adecuados es fundamental porque estos influyen directamente en la capacidad de las plantas para absorber los nutrientes necesarios para desarrollarse.

Además del pH, el sistema regula el suministro de nutrientes esenciales para el crecimiento vegetal, entre ellos nitrógeno, fósforo y potasio, conocidos en la agricultura como NPK o “triple 15”, elementos que cumplen funciones específicas en el desarrollo de las plantas.

El nitrógeno favorece el crecimiento de hojas y tallos, el fósforo ayuda al desarrollo de raíces y flores, y el potasio contribuye a la formación de frutos y fortalece la resistencia de la planta frente a enfermedades.

Gracias a los sensores integrados, el sistema puede ajustar automáticamente la cantidad de estos nutrientes según las necesidades de cada planta, lo que lo convierte en una forma de agricultura de precisión aplicada a entornos domésticos.

Cultivos urbanos para fortalecer la seguridad alimentaria

Otra ventaja del sistema es el uso eficiente del agua. “En los cultivos tradicionales gran parte del agua se pierde en el suelo o por evaporación, mientras que en estos sistemas el agua circula continuamente, lo que permite aprovecharla mucho mejor”, explica el profesor Quintero.

Gracias a este mecanismo de recirculación, tecnologías de cultivo hidropónico pueden reducir hasta en un 90% el consumo de agua frente a los métodos agrícolas convencionales.

Además, el sistema también está diseñado para consumir muy poca energía eléctrica. El dispositivo utiliza sensores, pequeñas bombas de circulación de agua, y sistemas de iluminación de bajo consumo. Según estimaciones del investigador, en una vivienda de estrato 6 en Manizales el funcionamiento anual del sistema costaría alrededor de 19.000 pesos en energía eléctrica.

Entre las plantas que se han cultivado con este sistema se encuentran lechuga, albahaca, perejil, tomillo y tomate. Según la especie, los ciclos de crecimiento varían entre 1 mes para algunas plantas aromáticas y hasta 2 meses y medio para cultivos como el tomate.

“Más allá del desarrollo tecnológico, este tipo de soluciones contribuiría a enfrentar un reto relacionado con la seguridad alimentaria, y es que cada vez menos personas quieren trabajar en el campo y los jóvenes quieren vivir en las ciudades. Si esa tendencia continúa, en unos años tendríamos menos personas produciendo alimentos”, señala el profesor.

Por eso las tecnologías que permitan cultivar alimentos en espacios urbanos —como casas o apartamentos— complementarían la agricultura tradicional y acercarían parte de la producción de alimentos a los entornos en donde vive más población.

Así se transforma el lactosuero en ingredientes de alto valor

* Muestras de lactosuero antes y después del proceso de concentración, que evidencian el cambio en su composición. Foto Cortesía: Valeria Peña Herrán (Unimedios).

Agricultura & Ganadería

(UN – Miércoles 18 de marzo de 2026).- Lo que comienza como un líquido residual tras la producción de queso —y que suele desecharse— puede terminar convertido en ingredientes de alto valor para la industria alimentaria y farmacéutica. Esta fotogalería muestra cómo, en laboratorios de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), el lactosuero se transforma en un concentrado rico en lactosa mediante procesos de filtración de alta precisión, una apuesta que no solo aprovecha sus nutrientes, sino que además reduce su impacto ambiental.

Durante la producción de queso se genera un subproducto conocido como lactosuero, que con frecuencia es considerado como un residuo. Sin embargo, este líquido conserva componentes valiosos de la leche, como lactosa, proteínas y minerales, lo que lo convierte en una materia prima con potencial para la alimentación humana.

El problema aparece cuando este subproducto se desecha sin tratamiento. Por su alto contenido de azúcares, proteínas y otros compuestos orgánicos, el lactosuero puede alterar la calidad del agua y generar impactos ambientales significativos.

De ahí que distintas investigaciones busquen darle un nuevo uso, no como desecho, sino como recurso. Una de ellas es la desarrollada por la ingeniera Luz Daniela Gaona Ruge, candidata a magíster en Ingeniería Química.

El estudio se centra en optimizar un sistema capaz de concentrar la lactosa presente en el lactosuero, evaluando variables como el tiempo de operación y los ciclos de limpieza para lograr procesos más estables y prolongar la vida útil de los equipos.

Para ello se emplean tecnologías como la ultrafiltración y la ósmosis inversa. En una primera etapa, la ultrafiltración separa las proteínas del lactosuero. Luego, en un sistema de ósmosis inversa —que funciona como un filtro de alta precisión mediante presión sobre membranas— se elimina parte del agua y se concentra la lactosa.

El resultado es un concentrado que se puede emplear en alimentos funcionales, productos con probióticos, fórmulas nutricionales e incluso aplicaciones farmacéuticas.

Así, lo que alguna vez se vio como un desecho se transforma en una oportunidad para innovar, aprovechar mejor los recursos y disminuir el impacto ambiental de la industria láctea.

Cascarilla de arroz, el residuo que ayudaría a generar electricidad a futuro

* La cascarilla de arroz tiene en su química la llave para generar electricidad a futuro. Foto Cortesía: Archivo Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Martes 17 de marzo de 2026).- Cada año se generan en Colombia millones de toneladas de residuos agrícolas, la mayoría de los cuales se desaprovechan. Ahora, un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) encontró que materiales como la cascarilla de arroz y el cuesco de palma se podrían utilizar para producir electricidad de forma más eficiente, ya que generan menos obstrucciones en las calderas que otros residuos, lo que abre una posibilidad real para diversificar la matriz energética del país, especialmente en zonas rurales sin acceso a este servicio.

Aunque la idea de obtener energía a partir de residuos agrícolas puede parecer extraña, en realidad funciona de manera bastante cercana a una tarea tan cotidiana como cocinar.

Imagine una olla grande en la que se prepara lentamente un caldo. Poco a poco se agregan ingredientes y el calor va transformando todo lo que está dentro. Pero al final del proceso, cuando el líquido se evapora y la temperatura aumenta demasiado, pueden quedar restos duros pegados en el fondo que hacen más difícil seguir cocinando.

Algo muy parecido ocurre en algunas plantas industriales que intentan producir energía a partir de biomasa, es decir de residuos vegetales. Allí no hay sopa ni verduras, sino enormes calderos metálicos llenos de arena caliente que se obtiene de ríos y playas. Esa arena se mantiene en constante movimiento gracias a corrientes de aire, como si estuviera hirviendo.

Cuando los residuos agrícolas entran en ese sistema, el calor extremo —de hasta 900 °C— los quema rápidamente. El resultado es una gran cantidad de energía térmica que permite producir vapor de agua a alta presión, el cual finalmente mueve turbinas conectadas a generadores eléctricos, el mismo principio que utilizan muchas plantas de energía en el mundo. Pero el proceso tiene un enemigo silencioso: las cenizas.

¡Qué calor!

Cuando algunos residuos se queman, las cenizas de los restos minerales que contienen —como calcio, potasio y silicio— reaccionan con el material y forman compuestos conocidos como “aglomerados” que parecen piedras. Con el tiempo, estas formaciones crecen como si fueran pequeñas rocas dentro del reactor, hasta el punto de impedir que la arena se mueva y el sistema funcione correctamente.

Fue precisamente ese fenómeno el que quiso entender el investigador Sebastián Achury Ortiz, magíster en Ingeniería Mecánica de la UNAL, por lo que para estudiarlo implementó en el laboratorio una versión miniatura de estos reactores industriales, capaz de procesar más de 200 gramos de biomasa por minuto.

En el experimento introdujo arena de sílice —similar a la que se encuentra en muchos ríos— y agregó por separado tres tipos de residuos agrícolas muy comunes en Colombia: la cascarilla de arroz, la cascarilla de café y el cuesco o fruto de la palma de aceite. Luego calentó el sistema hasta temperaturas cercanas a los 900 °C, comparables con las que se utilizan en plantas de combustión industrial.

El pequeño reactor funcionó durante 8 horas como una planta energética en miniatura. Cuando se quemaba cascarilla de café, en el fondo del reactor se formaban aglomerados de hasta 6 cm —casi el tamaño de una pelota de ping-pong—, algo enorme para un sistema de ese tipo. En cambio, cuando el combustible era cascarilla de arroz o residuos de palma, los depósitos no superaban los 2 mm.

“La diferencia está en la química de las cenizas. En el caso del café, minerales como el potasio y el calcio reaccionan con el sílice de la arena y favorecen la adherencia de las partículas entre sí, de manera que forman bloques cada vez más grandes, mientras que con el arroz y la palma ocurre lo contrario, pues sus cenizas contienen más silicio, lo que reduce esa tendencia a pegarse”, explica el investigador Achury.

Una luz para miles de familias

Lo que en el laboratorio se ve como un comportamiento químico de las cenizas, en la práctica se puede traducir en una oportunidad concreta para generar energía a partir de residuos agrícolas. Según datos oficiales Colombia produce enormes cantidades de estos materiales cada año: solo del arroz se generan más de 6 millones de toneladas de cascarilla, mientras que el sector palmicultor produce entre 200.000 y 300.000 toneladas de cuesco anualmente, según datos de Fedepalma, pero gran parte de este material se desperdicia.

Al mismo tiempo, estimaciones internacionales muestran que para 2030, cerca de 660 millones de personas en el mundo aún no tendrán acceso a energía eléctrica. En Colombia alrededor de 9,6 millones de habitantes viven en condiciones de pobreza energética, especialmente en departamentos como Vichada, Vaupés, Guainía y La Guajira.

“Este proceso de conversión es viable en el país, aunque requiere inversión y personal capacitado. En países como Suecia, Japón y Austria ya se utiliza con residuos maderables, por lo que a futuro sería una opción para fortalecer la generación de energía renovable en el país”, señala el investigador.

Aunque la idea de generar energía con residuos agrícolas suena prometedora, este tipo de plantas aún no existen en Colombia. Las termoeléctricas del país se diseñaron para quemar carbón, un combustible más estable y fácil de controlar. Los residuos agrícolas, en cambio, cambian mucho en su composición química y pueden formar esas “piedras” dentro de los reactores. Por eso estos estudios son un primer paso para adaptar la tecnología y aprovechar la enorme cantidad de desechos agrícolas que produce el país.

Colombia y Alemania buscan acelerar el descubrimiento de especies

* La iniciativa GeCoVIDA busca acelerar el estudio de la biodiversidad mediante inteligencia artificial, robótica y análisis genético. Foto Cortesía: María Fernanda Londoño, Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Jueves 5 de marzo de 2026).- La Universidad Nacional de Colombia (UNAL) presentó oficialmente la iniciativa GeCoVIDA, una alianza científica entre Colombia y Alemania que busca acelerar el descubrimiento, el reconocimiento y la clasificación de la biodiversidad mediante el uso de inteligencia artificial, robótica y análisis genético. El proyecto, que reúne a instituciones científicas de ambos países, tendrá como eje el trabajo del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad.

La “Iniciativa germano-colombiana para el descubrimiento y la evaluación integrativa de la biodiversidad”, en la cual participan cuatro instituciones alemanas, contempla la creación de un Centro de Investigación dedicado al estudio de la biodiversidad.

Este Centro funcionará en el nuevo edificio del ICN en la Sede Bogotá e integrará tecnologías como inteligencia artificial, robótica, análisis genético y digitalización de colecciones biológicas para acelerar la identificación, la clasificación y el análisis de especies.

Según el profesor Gonzalo Andrade, director del ICN, “la iniciativa surge de la necesidad de acelerar el estudio de la biodiversidad en uno de los países con mayor riqueza biológica del planeta”.

En Colombia todavía se siguen descubriendo especies mediante métodos tradicionales de investigación, que implican salidas de campo para recolectar ejemplares, su posterior clasificación manual por especialistas y el análisis morfológico en laboratorio. Este proceso, que ha sido la base del conocimiento taxonómico durante décadas, requiere tiempo y trabajo especializado para separar, identificar y describir cada organismo.

El proyecto busca complementar estos métodos con herramientas tecnológicas que permitan acelerar el proceso de reconocimiento y análisis de especies. Con el uso de inteligencia artificial, robótica, secuenciación genética y análisis de ADN se podrán procesar grandes volúmenes de muestras biológicas con mayor rapidez, lo que permitiría ampliar el conocimiento sobre la biodiversidad colombiana y reducir los tiempos necesarios para identificar nuevas especies.

“Si seguimos avanzando al ritmo que veníamos utilizando las metodologías tradicionales, indudablemente la vida no nos alcanzará para seguir estudiando la biodiversidad”, señaló el director Andrade.

El estudio de la biodiversidad en el país tiene una larga tradición científica que se remonta a la Expedición Botánica del siglo XVIII. Sin embargo, aun después de más de dos siglos de investigación, el conocimiento sobre la biodiversidad colombiana continúa en construcción y todavía se siguen describiendo especies nuevas para la ciencia.

Iniciativas de exploración desarrolladas en territorios antes no estudiados han permitido describir entre 600 y 700 especies nuevas para la ciencia, lo que evidencia tanto la riqueza biológica del país como las brechas de conocimiento que aún existen.

Formación y fortalecimiento de capacidades en inteligencia artificial

El proyecto también contempla un componente de formación y capacitación dirigido a investigadores y estudiantes vinculados al estudio de la biodiversidad. Según explicó el profesor Andrade, la iniciativa incluye procesos de entrenamiento en herramientas como inteligencia artificial y nuevas técnicas de análisis biológico, además de la formación de jóvenes científicos a través de programas de maestría y doctorado desarrollados en conjunto con la Facultad de Ciencias de la UNAL.

En el contexto nacional, el fortalecimiento de este tipo de iniciativas también se relaciona con el crecimiento de la formación académica en inteligencia artificial. Según el representante del Ministerio de Educación Nacional, desde 2022 se han creado 241 programas de educación superior relacionados con inteligencia artificial en el país.

Estos programas abordan áreas como análisis de datos, automatización, desarrollo de software, ciberseguridad, internet de las cosas y matemáticas aplicadas, lo que refleja un aumento en las capacidades del país para desarrollar soluciones tecnológicas aplicadas a distintos campos, entre ellos el estudio y la protección de la biodiversidad.

La iniciativa GeCoVIDA cuenta con financiación conjunta de instituciones alemanas, del Gobierno colombiano y de la UNAL, y busca fortalecer la cooperación científica entre centros de investigación y universidades dedicadas al estudio de la biodiversidad en el país.

En este proceso se espera la participación de centros de investigación, universidades y entidades dedicadas al estudio de los ecosistemas colombianos, como el Instituto Alexander von Humboldt, el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi) y el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar), además de universidades y centros de investigación regionales.

Colombia, aliado estratégico para la investigación en biodiversidad

Colombia es considerado por Alemania como uno de los socios más relevantes para la investigación y conservación de la biodiversidad. Según Christoph Häuser, asesor especial del proyecto, “el país es uno de los más ricos en biodiversidad del planeta”, lo que lo convierte en un escenario esencial para avanzar en el conocimiento científico sobre especies y ecosistemas”.

En ese contexto, la profesora Olga Janneth Gómez Ramírez, vicerrectora de Investigación de la UNAL, destacó que esta colaboración permitirá fortalecer el trabajo científico conjunto y promover una comunidad académica dedicada a estudiar y conservar el patrimonio natural del país, al tiempo que impulsa la cooperación entre investigadores, estudiantes e instituciones de ambos países.

Con la puesta en marcha de GeCoVIDA, los investigadores esperan avanzar en el conocimiento de la diversidad biológica colombiana mediante la integración de tecnologías avanzadas y el fortalecimiento de la cooperación científica internacional.

Almidón de maíz criollo permite hojaldres con menos grasa sin perder su textura

* El almidón de maíz criollo negrito permitió reemplazar hasta el 25% del contenido graso del hojaldre sin afectar la estructura del producto. Foto Cortesía: Sergio Mora, magíster en Ciencia y Tecnología de Alimentos de la UNAL.

Agricultura & Ganadería

(UNAL – Lunes 2 de marzo de 2026).- Reducir el contenido de grasa en productos como el croissant, el pastel gloria o la milhoja, sin afectar su textura crujiente, es uno de los principales retos en la industria panadera. Usualmente por cada 100 g de harina se utilizan cerca de 60 g de grasa, lo que los convierte en alimentos con alto aporte calórico. Frente a este panorama, una investigación encontró en el almidón de maíz negrito de Ciénaga (Boyacá) una alternativa para reemplazar parte de esa grasa sin perder las propiedades del hojaldre.

El almidón es el principal carbohidrato presente en el maíz y otros cereales, y en la industria alimentaria se prefiere porque ayuda a darles estructura, estabilidad y textura a los productos, y además reduce la pegajosidad de las masas. En este caso, tras someterlo a un proceso de “modificación enzimática”, el almidón de maíz criollo aumentó en un 20% su capacidad para absorber agua, una característica esencial para imitar algunas funciones de la grasa en la masa.

La modificación enzimática es un proceso que transforma la estructura natural del almidón para cambiar su comportamiento dentro de la preparación. Para ello, el maíz extraído se trata con una enzima proveniente de la bacteria Bacillus licheniformis, la cual actúa como una “tijera” microscópica capaz de reorganizar sus componentes. Para lograrlo, el material se sometió a un calentamiento de hasta 105 °C durante 5 minutos y luego se estabilizó a 90°C, condiciones que facilitan la acción de la enzima y permiten obtener un almidón con nuevas propiedades funcionales; luego se secó para usarlo en la formulación de los hojaldres. Gracias a esta modificación, el almidón puede retener agua y contribuir a la formación de capas, funciones que normalmente cumple la grasa.

En contraste, la capacidad de retención de agua —una propiedad que indica cuánto líquido puede conservar un ingrediente dentro de una preparación— disminuyó alrededor de 65%. Este cambio revela que el almidón modificado no solo absorbe agua, sino que además la libera indistintamente durante el proceso, lo que resulta útil en los productos que necesitan una textura específica. Así, se reconoce que la modificación del almidón tiene potencial en aplicaciones en las que se requiere hidratación controlada, como sopas, salsas o alimentos cárnicos, en los que este ingrediente no solo espesa, sino que además contribuye a mantener la humedad y la estabilidad del producto final.

“Estos cambios permiten que el almidón cumpla funciones similares a las de la grasa dentro de la masa, especialmente en la formación de capas y en la textura final del producto, por eso al realizar la modificación enzimática vemos que la estructura ya no es la misma”, explica Sergio Mora Clavijo, magíster en Ciencia y Tecnología de Alimentos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

Aunque el uso de grasa es fundamental en la elaboración de hojaldres, ya que permite la formación de capas delgadas y crujientes durante el horneado, la proporción usada suele ser elevada: usualmente por cada 100 g de harina se utilizan 60 g de grasa.

En su investigación, el magíster reemplazó hasta el 25% del material graso en los productos hojaldrados, lo que representó una disminución del 11 % en la ingesta calórica para los consumidores, equivalente a 50,2 kilocalorías, sin afectar su textura ni su aceptación. Este resultado es relevante en un contexto en el que se busca reducir el consumo de grasas —asociadas con problemas cardiovasculares y otras enfermedades a largo plazo— sin sacrificar las características sensoriales de los alimentos.

Buena textura con menos grasa

La etapa de incorporación del almidón modificado de maíz negrito a una formulación básica de hojaldre —compuesta por 100 g de harina, 60 g de agua, 66 g de grasa y 2 g de sal— permitió evaluar su comportamiento dentro de la masa, para lo cual se sustituyó parte de la grasa en distintos niveles, entre el 40 y 50%, para observar cómo respondía en la formación de capas y en la estabilidad del producto durante el horneado.

“Estas cantidades de sustitución resultaron excesivas, ya que no permitían que la grasa cumpliera su papel en la expansión de las capas formadas por la red de gluten, responsable de la textura hojaldrada. En cambio, la sustitución del 25% mostró resultados satisfactorios, por lo que fue seleccionada para las pruebas finales con el almidón modificado”.

“Dicho resultado nos permitió avanzar con pruebas de textura y de color, así como con la realización de un panel sensorial que nos permitió constatar el comportamiento del producto y las sensaciones que generaba al verlo y saborearlo”, subraya el magíster.

Tras el proceso de horneado, el producto modificado se sometió a pruebas de textura, color y evaluación sensorial con un panel de 100 expertos, con el fin de comparar su desempeño frente al hojaldre control. Los resultados mostraron que la textura de las muestras con almidón modificado fue muy similar a la del producto tradicional, incluso superior en algunos casos en términos de firmeza y crocancia.

Sin embargo, en el producto final se registró un color más pardo, lo que influyó en la percepción de los evaluadores, quienes asociaron visualmente este cambio con una posible sobrecocción, aunque el proceso de horneado fue el mismo que en la muestra de referencia.

Aunque el hojaldre elaborado con almidón de maíz negrito obtuvo calificaciones intermedias frente al control en variables como sabor y apariencia, el producto mantuvo propiedades estructurales comparables con las de la formulación tradicional dentro de las condiciones evaluadas, lo que confirma su potencial como alternativa para reducir grasa sin comprometer la calidad del producto.

Reducción en tiempo de horneado

La incorporación del almidón modificado también permitió observar una posible reducción en el tiempo de horneado del producto, que pasaría de 20 a 18 minutos sin afectar la formación de las capas ni la estabilidad del hojaldre durante la cocción.

Este aspecto resulta relevante si se tiene en cuenta que estudios sobre eficiencia energética en panificación industrial publicados en la Revista Misr de Ingeniería Agrícola señalan que el proceso de horneado es el principal punto de consumo dentro de estas plantas, al concentrar buena parte de la energía utilizada en la producción, con demandas que pueden oscilar entre 0,5 y 7,3 megajulios (MJ) por kilogramo de producto elaborado.

En este contexto, reducciones incluso marginales en el tiempo de cocción se traducirían en ahorros acumulativos de energía cuando se trasladan a sistemas de producción a gran escala, lo que no solo impacta los costos operativos, sino también la eficiencia del proceso productivo.

Por último, el investigador señaló que este tipo de desarrollos contribuiría a ampliar el uso industrial de variedades de maíz criollo que hoy se destinan principalmente a sistemas de subsistencia, abriendo oportunidades para su valorización en la industria de alimentos. “Vale la pena investigar más sobre estas variedades de maíz”, concluyó.

Identifican por qué la gulupa puede perder hasta el 91% de su crecimiento

* La gulupa es sensible a cambios en nutrientes como el nitrógeno, reduciendo su desarrollo y crecimiento de hojas y frutos. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UNAL – Miércoles 25 de febrero de 2026).- Pequeña, morada y cada vez más demandada en mercados internacionales, la gulupa se ha consolidado como un cultivo importante en regiones como Cundinamarca, Antioquia y Huila. Sin embargo, su manejo agronómico aún presenta vacíos: muchos productores la fertilizan como si fuera su “primo” el maracuyá —que requiere mayores aportes de nitrógeno—, lo que puede derivar en pérdidas económicas y de cosecha. Una investigación evidenció que este nutriente es determinante, pues su ausencia puede reducir hasta en un 91% el crecimiento de la planta.

La investigación fue realizada por Jorge Leonardo Cáceres Rodríguez, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), en los invernaderos de la Sede Bogotá, en donde cultivó 232 plantas de gulupa bajo condiciones controladas para evaluar qué nutrientes son más determinantes en su cultivo.

El hallazgo es relevante en un contexto de creciente exportación: según la DIAN, entre enero y septiembre de 2024 las exportaciones colombianas de gulupa alcanzaron los 43 millones de dólares (unos $189.415 millones), con destino a países como Países Bajos, Reino Unido, Alemania, Bélgica y Canadá, lo que representó un aumento del 20% frente al mismo periodo de 2023.

Para el experimento, el investigador puso las plantas en bolsas plásticas con tierra y materia orgánica, y a algunas les retiró los nutrientes esenciales —como nitrógeno, fósforo, potasio, calcio o magnesio— mientras que en las demás permanecían disponibles para observar el efecto específico de cada nutriente. Como el cultivo tarda cerca de un año en completar su ciclo, durante varios meses el magíster midió variables como altura de la planta, número de hojas, coloración, acumulación de biomasa y síntomas visibles de deficiencia.

En laboratorio, cosechó las plantas y las separó en raíces, tallos y hojas, que luego se secaron y pesaron para calcular cuánto tejido había producido cada tratamiento. Este procedimiento permite comparar exactamente el crecimiento real entre plantas bien nutridas y plantas con deficiencias. Luego, con esos datos el investigador aplicó análisis estadísticos, lo que le permitió concluir cuál nutriente tenía el mayor impacto y descartar que las diferencias obedecieran al azar.

“El nitrógeno resultó ser el factor crítico para el desarrollo de la planta. Cuando escasea, las hojas pierden su verde intenso, aparecen tonos amarillentos y el crecimiento se ralentiza drásticamente. En los casos más severos, la cantidad total de tejido vegetal se redujo hasta en un 91%, lo que compromete seriamente la capacidad de la planta para sostener flores y frutos”, asegura el investigador.

Nutrientes, rendimiento y decisiones de cultivo

El estudio mostró además que la carencia de otros nutrientes también afecta el rendimiento, aunque en menor grado, debilitando procesos como la fotosíntesis, mientras que algunos micronutrientes —como boro, cobre y zinc— son esenciales para la formación de brotes, la floración y el adecuado desarrollo de los frutos, por lo que su deficiencia también limita la productividad. En conjunto, estos desbalances reducen el potencial productivo incluso si la planta logra sobrevivir.

El magíster considera que uno de los aportes más importantes es que se establece una guía de rangos nutricionales específicos para la gulupa, una fruta que, a pesar de su importante exportación, carece de estudios profundos sobre este tema, por lo que los agricultores la tratan como si fuera maracuyá debido a sus similitudes como planta y fruta. Contar con estos parámetros permitirá ajustar la fertilización en el momento adecuado del crecimiento y evitar la carencia o el exceso de nutrientes.

Esto es crucial para Colombia, pues en zonas de clima frío y húmedo el nitrógeno se puede perder fácilmente por procesos como el lavado del suelo (lixiviación) causado por lluvias intensas que arrastran este nutriente hacia capas más profundas donde la planta no puede absorberlo, lo que agrava el riesgo de deficiencia y de pérdida de rendimiento para los productores.

Por otro lado, el magíster observó que la etapa más crítica de la planta cuando no tiene nitrógeno es alrededor de los 5 o 6 meses de crecimiento, momento en el que desarrolla sus hojas y tallos y acumula la mayor parte de su peso, además de que sus frutos están en desarrollo. Si el nitrógeno falta en esa fase, el daño compromete todo el ciclo productivo.

Aunque la planta cumpla todo un ciclo productivo, que se repite cada año y en condiciones ideales puede durar hasta siete años, el daño ya está hecho en las fases iniciales, por lo que asegurar una nutrición adecuada desde las primeras semanas de desarrollo permite sostener la capacidad del cultivo.

Con esta información los productores mejorarían el rendimiento, reducirían costos y harían más sostenible el cultivo, pues, como demuestra el estudio, en el país la gulupa no fracasa por falta de suelo fértil sino por no recibir el nutriente que impulsa al máximo su crecimiento.

UNAL impulsa soluciones para transformar residuos orgánicos en abono

* Equipos portátiles como este, fabricado en la UNAL, transforman residuos orgánicos en abono útil para huertas urbanas. Foto Cortesía: Jairo Leonardo Cuervo Andrade, profesor de la Facultad de Ciencias Agrarias.

Agricultura & Ganadería

(UN – Lunes 23 de febrero de 2026).- Cada día se generan en Bogotá más de 7.000 toneladas de residuos; por eso la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) desarrolla investigaciones, prototipos y procesos comunitarios para aprovechar el 70% de estos —especialmente restos de comida, cáscaras de frutas y verduras, residuos de poda y otros desechos biodegradables— y convertirlos en abono útil para suelos urbanos y proyectos de agricultura urbana.

El ingeniero agronómico Jairo Leonardo Cuervo Andrade, profesor de la Facultad de Ciencias Agrarias, explica que “la mayoría de los residuos producidos en la ciudad se podrían reutilizar si se separaran adecuadamente desde la fuente. Cuando no se hace esa separación, los materiales orgánicos se mezclan con otros desechos y terminan colmatando los rellenos sanitarios”.

Uno de los principales destinos de estos residuos es el Relleno Sanitario Doña Juana, ubicado en la localidad de Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá. Con una extensión de 623 hectáreas y operando desde el 1 de noviembre de 1988, este relleno recibe residuos no solo de la capital sino también de municipios como Cáqueza, Choachí, Chipaque, Fosca, Gutiérrez, Ubaque y Une.

Cada día ingresan allí un promedio de 6.368 toneladas —es decir cerca de 194.000 toneladas al mes—, transportadas en unos 684 viajes diarios, cifras que evidencian la magnitud del desafío ambiental y la urgencia de reducir la cantidad de residuos que llegan a disposición final.

Desde la Universidad se han desarrollado sistemas experimentales y prototipos para facilitar el manejo y la transformación de estos residuos, entre ellos el compostaje, un proceso biológico controlado mediante el cual los residuos orgánicos se descomponen y se transforman en abono; el lombricompostaje, que utiliza lombrices para acelerar esa descomposición y mejorar la calidad del producto final; las composteras metálicas giratorias, que permiten una aireación constante del material; y las pilas estáticas, que son montículos de residuos organizados que se manejan bajo parámetros técnicos de humedad y temperatura.

También se ha trabajado en la adaptación de la “paca Silva”, una técnica de aprovechamiento de residuos orgánicos aplicada tanto en entornos urbanos como en proyectos financiados por entidades distritales, la cual busca fortalecer la gestión integral de residuos en la fuente. En esta práctica se utilizan restos de comida, cáscaras de frutas y verduras, residuos de poda, hojas secas y otros materiales biodegradables generados en hogares y parques, se organizan y compactan en capas dentro de una estructura sencilla. Con el paso del tiempo, y gracias a la acción natural de microorganismos y a la adecuada aireación, estos residuos se transforman en un material similar al suelo fértil, útil para jardines, huertas y procesos de agricultura urbana, sin necesidad de maquinaria especializada.

Una planta que cierra el ciclo

En la UNAL funciona una planta de compostaje que procesa residuos de poda, hojarasca, cafeterías y pequeños animales. Estos materiales se combinan para lograr una adecuada relación carbono-nitrógeno, es decir un equilibrio entre materiales “secos” como hojas y ramas, ricos en carbono, y materiales más húmedos como restos de comida, ricos en nitrógeno, lo que permite que la descomposición ocurra eficientemente, sin generar malos olores y con una temperatura adecuada, y obtener un abono de calidad, utilizado tanto en Universidad como en el Centro de Investigación Marengo y en otras entidades que lo solicitan. Este abono se destina especialmente al mantenimiento de zonas verdes, huertas experimentales y procesos de investigación agronómica.

Este proceso no solo reduce el volumen de residuos enviados a rellenos sanitarios, sino que además evita costos asociados con su disposición final y demuestra la viabilidad de un modelo circular dentro de la ciudad, en el que la basura se vuelve a incorporar al sistema como un recurso útil. Así se disminuye la cantidad de residuos que se deben transportar y disponer, y se aprovechan mejor los materiales que ya circulan en la ciudad.

Residuos que se convierten en alimento

El aprovechamiento de residuos orgánicos está directamente relacionado con la agricultura urbana, una práctica que la Universidad ha promovido como estrategia de seguridad y soberanía alimentaria. En espacios como terrazas, patios o huertas comunales es posible transformar residuos en nutrientes y producir alimentos frescos y de calidad.

Iniciativas como el grupo “Metro Cuadrado” demuestran que incluso en áreas reducidas se pueden cultivar variedad de especies, mejorar la alimentación familiar y fortalecer la integración comunitaria.

“El aporte académico va más allá de la investigación técnica: implica acompañar a la comunidad, desarrollar modelos replicables y fomentar una cultura de separación en la fuente que permita reducir el impacto ambiental de la ciudad”, señala el profesor Cuervo.

Por su trabajo en la promoción de la agricultura urbana y el aprovechamiento de residuos orgánicos, el docente ha recibido reconocimientos por su contribución a la sostenibilidad ambiental y al fortalecimiento de procesos comunitarios en Bogotá; el más reciente lo recibió del Concejo de Bogotá.

Por eso insiste en que “lo fundamental está en la conciencia ciudadana: separar adecuadamente los residuos, evitar su contaminación y comprender que los materiales orgánicos no son basura, sino un recurso con potencial productivo”.

Clima y manejo del cultivo explican por qué la chirimoya no madura igual en Tibacuy

* El rendimiento de la chirimoya de Tibacuy mejoraría teniendo más claridad sobre los momentos y formas en que florecen sus árboles. Foto Cortesía: Javier Borbón, magíster en Ciencias Agrarias de la UNAL.

Agricultura & Ganadería

(UN – Martes 27 de enero de 2026).- En este municipio del suroccidente de Cundinamarca la chirimoya no sigue un calendario fijo para alcanzar su madurez. Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) mostró que esta prima de la guanábana puede tardar entre 5 y 7 meses en desarrollarse según la temperatura acumulada (12 °C o más) y la disponibilidad de agua, un hallazgo que les permite a los productores ajustar mejor el momento de la cosecha y mejorar la calidad de un cultivo de importancia económica en el país, pero poco estudiado.

En la práctica muchos productores definen el momento de la cosecha a partir de señales visibles como cambios en el color de la cáscara o la separación de las escamas. Sin embargo, el estudio de Javier Leonardo Borbón, magíster en Ciencias Agrarias, evidenció que estos indicadores no siempre corresponden a la madurez real del fruto, pues también pueden estar influenciados por la edad de este o por condiciones ambientales como el calor o la disponibilidad de agua.

“Basarse solo en la apariencia puede llevar a cosechas anticipadas o tardías, con efectos sobre el sabor, la textura y el valor comercial”, señala el investigador.

La chirimoya (Annona cherimola) se cultiva en municipios como Choachí y Tibacuy (Cundinamarca), San Mateo y Chiscas (Boyacá), y en algunas zonas de Antioquia y Nariño, y se hace especialmente a partir de conocimientos transmitidos entre generaciones, con árboles sembrados por semilla y sin un manejo agronómico estandarizado. Muchas veces los árboles forman parte de sistemas agroforestales o crecen dispersos en fincas cafeteras, lo que refuerza su importancia económica y cultural para numerosas familias campesinas.

Según datos oficiales, en 2017 Colombia produjo cerca de 723 toneladas de chirimoya, una fruta reconocida por su pulpa blanca, cremosa y aromática, con un sabor dulce y ligeramente ácido que suele describirse como una mezcla entre plátano, piña, fresa y mango. A pesar de estas cualidades, su producción sigue siendo irregular.

“El estudio busca que los productores cuenten con información más precisa para mejorar sus decisiones de manejo, y con ello la calidad del fruto que llega al mercado”, explica el magíster Borbón, quien realizó entrevistas en San Mateo (Boyacá) y encontró que el precio pagado por costal en las zonas productoras suele ser mucho más bajo que el obtenido en las ciudades, una brecha que se reduciría con fruta de mejor calidad y mayor uniformidad.

Con ese propósito, en una finca de Tibacuy con cerca de 100 árboles de chirimoya, realizó un seguimiento semanal a 12 plantas sembradas por semilla, como ocurre en la mayoría de los cultivos del país. Durante varios meses registró sistemáticamente la aparición de brotes, la floración y el crecimiento del fruto, desde sus primeras etapas hasta la cosecha, lo que le permitió describir con detalle cada fase del desarrollo.

Un crecimiento que depende del clima

Uno de los principales hallazgos del estudio es que la chirimoya no crece a un ritmo fijo. A diferencia de países como España, Chile o Italia, en donde las estaciones marcan el calendario agrícola, en el clima andino –con temperaturas entre 10 y 20 °C– el árbol puede presentar más de un periodo de brotación y floración a lo largo del año.

El trabajo mostró que la maduración del fruto está estrechamente relacionada con la acumulación de calor, medida a partir de días con temperaturas superiores a los 12 °C y con la disponibilidad de agua proveniente de la lluvia o el riego. En Tibacuy, donde la temperatura media ronda los 19 °C, los frutos pueden completar su desarrollo en cerca de 5 meses cuando las condiciones son favorables, o tardar hasta 7 meses en periodos más fríos o secos.

En épocas con menor disponibilidad de agua el árbol prioriza el mantenimiento de sus tejidos y reduce la velocidad de crecimiento del fruto, lo que explica la variabilidad observada. Cosechar antes de tiempo puede afectar el tamaño y el sabor, mientras que hacerlo demasiado tarde puede disminuir la calidad y el precio del producto.

La investigación también evidenció que la polinización es uno de los principales factores que limitan la producción de chirimoya. De forma natural, el proceso depende de escarabajos polinizadores, pero no siempre es eficiente, ya que las partes masculinas y femeninas de la flor maduran en momentos distintos, lo que reduce la probabilidad de fecundación.

El seguimiento mostró que muchas flores no llegan a convertirse en fruto, pero cuando se realizó polinización manual —una práctica poco usada en Colombia— el número de frutos por árbol aumentó significativamente, tal como lo han reportado otros estudios en el exterior. Este resultado confirma que mejorar la polinización puede incrementar el rendimiento del cultivo.

Una guía para mejorar el manejo del cultivo

Otro aporte central del trabajo es la adaptación de una escala agronómica que permite identificar con precisión las etapas de crecimiento de la chirimoya en condiciones andinas colombianas. Esta herramienta, utilizada en otros países, no se había aplicado sistemáticamente en Colombia y permite saber cuánto dura cada fase del desarrollo del árbol y del fruto.

Por ejemplo, la primera fase de crecimiento finaliza entre los 90 y 110 días después de la polinización, un momento crítico en el que la competencia por recursos entre frutos y semillas puede afectar el rendimiento, por lo que el manejo adecuado resulta esencial para evitar pérdidas.

El trabajo del magíster Borbón muestra que conocer cómo crece la chirimoya, cuánto tiempo necesita realmente para madurar y qué factores influyen en ese proceso permite pasar de un manejo basado solo en la experiencia a uno respaldado por datos, mejorando así las decisiones de los productores sin desconocer su conocimiento acumulado.