Identifican por qué la gulupa puede perder hasta el 91% de su crecimiento

* La gulupa es sensible a cambios en nutrientes como el nitrógeno, reduciendo su desarrollo y crecimiento de hojas y frutos. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UNAL – Miércoles 25 de febrero de 2026).- Pequeña, morada y cada vez más demandada en mercados internacionales, la gulupa se ha consolidado como un cultivo importante en regiones como Cundinamarca, Antioquia y Huila. Sin embargo, su manejo agronómico aún presenta vacíos: muchos productores la fertilizan como si fuera su “primo” el maracuyá —que requiere mayores aportes de nitrógeno—, lo que puede derivar en pérdidas económicas y de cosecha. Una investigación evidenció que este nutriente es determinante, pues su ausencia puede reducir hasta en un 91% el crecimiento de la planta.

La investigación fue realizada por Jorge Leonardo Cáceres Rodríguez, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), en los invernaderos de la Sede Bogotá, en donde cultivó 232 plantas de gulupa bajo condiciones controladas para evaluar qué nutrientes son más determinantes en su cultivo.

El hallazgo es relevante en un contexto de creciente exportación: según la DIAN, entre enero y septiembre de 2024 las exportaciones colombianas de gulupa alcanzaron los 43 millones de dólares (unos $189.415 millones), con destino a países como Países Bajos, Reino Unido, Alemania, Bélgica y Canadá, lo que representó un aumento del 20% frente al mismo periodo de 2023.

Para el experimento, el investigador puso las plantas en bolsas plásticas con tierra y materia orgánica, y a algunas les retiró los nutrientes esenciales —como nitrógeno, fósforo, potasio, calcio o magnesio— mientras que en las demás permanecían disponibles para observar el efecto específico de cada nutriente. Como el cultivo tarda cerca de un año en completar su ciclo, durante varios meses el magíster midió variables como altura de la planta, número de hojas, coloración, acumulación de biomasa y síntomas visibles de deficiencia.

En laboratorio, cosechó las plantas y las separó en raíces, tallos y hojas, que luego se secaron y pesaron para calcular cuánto tejido había producido cada tratamiento. Este procedimiento permite comparar exactamente el crecimiento real entre plantas bien nutridas y plantas con deficiencias. Luego, con esos datos el investigador aplicó análisis estadísticos, lo que le permitió concluir cuál nutriente tenía el mayor impacto y descartar que las diferencias obedecieran al azar.

“El nitrógeno resultó ser el factor crítico para el desarrollo de la planta. Cuando escasea, las hojas pierden su verde intenso, aparecen tonos amarillentos y el crecimiento se ralentiza drásticamente. En los casos más severos, la cantidad total de tejido vegetal se redujo hasta en un 91%, lo que compromete seriamente la capacidad de la planta para sostener flores y frutos”, asegura el investigador.

Nutrientes, rendimiento y decisiones de cultivo

El estudio mostró además que la carencia de otros nutrientes también afecta el rendimiento, aunque en menor grado, debilitando procesos como la fotosíntesis, mientras que algunos micronutrientes —como boro, cobre y zinc— son esenciales para la formación de brotes, la floración y el adecuado desarrollo de los frutos, por lo que su deficiencia también limita la productividad. En conjunto, estos desbalances reducen el potencial productivo incluso si la planta logra sobrevivir.

El magíster considera que uno de los aportes más importantes es que se establece una guía de rangos nutricionales específicos para la gulupa, una fruta que, a pesar de su importante exportación, carece de estudios profundos sobre este tema, por lo que los agricultores la tratan como si fuera maracuyá debido a sus similitudes como planta y fruta. Contar con estos parámetros permitirá ajustar la fertilización en el momento adecuado del crecimiento y evitar la carencia o el exceso de nutrientes.

Esto es crucial para Colombia, pues en zonas de clima frío y húmedo el nitrógeno se puede perder fácilmente por procesos como el lavado del suelo (lixiviación) causado por lluvias intensas que arrastran este nutriente hacia capas más profundas donde la planta no puede absorberlo, lo que agrava el riesgo de deficiencia y de pérdida de rendimiento para los productores.

Por otro lado, el magíster observó que la etapa más crítica de la planta cuando no tiene nitrógeno es alrededor de los 5 o 6 meses de crecimiento, momento en el que desarrolla sus hojas y tallos y acumula la mayor parte de su peso, además de que sus frutos están en desarrollo. Si el nitrógeno falta en esa fase, el daño compromete todo el ciclo productivo.

Aunque la planta cumpla todo un ciclo productivo, que se repite cada año y en condiciones ideales puede durar hasta siete años, el daño ya está hecho en las fases iniciales, por lo que asegurar una nutrición adecuada desde las primeras semanas de desarrollo permite sostener la capacidad del cultivo.

Con esta información los productores mejorarían el rendimiento, reducirían costos y harían más sostenible el cultivo, pues, como demuestra el estudio, en el país la gulupa no fracasa por falta de suelo fértil sino por no recibir el nutriente que impulsa al máximo su crecimiento.

UNAL impulsa soluciones para transformar residuos orgánicos en abono

* Equipos portátiles como este, fabricado en la UNAL, transforman residuos orgánicos en abono útil para huertas urbanas. Foto Cortesía: Jairo Leonardo Cuervo Andrade, profesor de la Facultad de Ciencias Agrarias.

Agricultura & Ganadería

(UN – Lunes 23 de febrero de 2026).- Cada día se generan en Bogotá más de 7.000 toneladas de residuos; por eso la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) desarrolla investigaciones, prototipos y procesos comunitarios para aprovechar el 70% de estos —especialmente restos de comida, cáscaras de frutas y verduras, residuos de poda y otros desechos biodegradables— y convertirlos en abono útil para suelos urbanos y proyectos de agricultura urbana.

El ingeniero agronómico Jairo Leonardo Cuervo Andrade, profesor de la Facultad de Ciencias Agrarias, explica que “la mayoría de los residuos producidos en la ciudad se podrían reutilizar si se separaran adecuadamente desde la fuente. Cuando no se hace esa separación, los materiales orgánicos se mezclan con otros desechos y terminan colmatando los rellenos sanitarios”.

Uno de los principales destinos de estos residuos es el Relleno Sanitario Doña Juana, ubicado en la localidad de Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá. Con una extensión de 623 hectáreas y operando desde el 1 de noviembre de 1988, este relleno recibe residuos no solo de la capital sino también de municipios como Cáqueza, Choachí, Chipaque, Fosca, Gutiérrez, Ubaque y Une.

Cada día ingresan allí un promedio de 6.368 toneladas —es decir cerca de 194.000 toneladas al mes—, transportadas en unos 684 viajes diarios, cifras que evidencian la magnitud del desafío ambiental y la urgencia de reducir la cantidad de residuos que llegan a disposición final.

Desde la Universidad se han desarrollado sistemas experimentales y prototipos para facilitar el manejo y la transformación de estos residuos, entre ellos el compostaje, un proceso biológico controlado mediante el cual los residuos orgánicos se descomponen y se transforman en abono; el lombricompostaje, que utiliza lombrices para acelerar esa descomposición y mejorar la calidad del producto final; las composteras metálicas giratorias, que permiten una aireación constante del material; y las pilas estáticas, que son montículos de residuos organizados que se manejan bajo parámetros técnicos de humedad y temperatura.

También se ha trabajado en la adaptación de la “paca Silva”, una técnica de aprovechamiento de residuos orgánicos aplicada tanto en entornos urbanos como en proyectos financiados por entidades distritales, la cual busca fortalecer la gestión integral de residuos en la fuente. En esta práctica se utilizan restos de comida, cáscaras de frutas y verduras, residuos de poda, hojas secas y otros materiales biodegradables generados en hogares y parques, se organizan y compactan en capas dentro de una estructura sencilla. Con el paso del tiempo, y gracias a la acción natural de microorganismos y a la adecuada aireación, estos residuos se transforman en un material similar al suelo fértil, útil para jardines, huertas y procesos de agricultura urbana, sin necesidad de maquinaria especializada.

Una planta que cierra el ciclo

En la UNAL funciona una planta de compostaje que procesa residuos de poda, hojarasca, cafeterías y pequeños animales. Estos materiales se combinan para lograr una adecuada relación carbono-nitrógeno, es decir un equilibrio entre materiales “secos” como hojas y ramas, ricos en carbono, y materiales más húmedos como restos de comida, ricos en nitrógeno, lo que permite que la descomposición ocurra eficientemente, sin generar malos olores y con una temperatura adecuada, y obtener un abono de calidad, utilizado tanto en Universidad como en el Centro de Investigación Marengo y en otras entidades que lo solicitan. Este abono se destina especialmente al mantenimiento de zonas verdes, huertas experimentales y procesos de investigación agronómica.

Este proceso no solo reduce el volumen de residuos enviados a rellenos sanitarios, sino que además evita costos asociados con su disposición final y demuestra la viabilidad de un modelo circular dentro de la ciudad, en el que la basura se vuelve a incorporar al sistema como un recurso útil. Así se disminuye la cantidad de residuos que se deben transportar y disponer, y se aprovechan mejor los materiales que ya circulan en la ciudad.

Residuos que se convierten en alimento

El aprovechamiento de residuos orgánicos está directamente relacionado con la agricultura urbana, una práctica que la Universidad ha promovido como estrategia de seguridad y soberanía alimentaria. En espacios como terrazas, patios o huertas comunales es posible transformar residuos en nutrientes y producir alimentos frescos y de calidad.

Iniciativas como el grupo “Metro Cuadrado” demuestran que incluso en áreas reducidas se pueden cultivar variedad de especies, mejorar la alimentación familiar y fortalecer la integración comunitaria.

“El aporte académico va más allá de la investigación técnica: implica acompañar a la comunidad, desarrollar modelos replicables y fomentar una cultura de separación en la fuente que permita reducir el impacto ambiental de la ciudad”, señala el profesor Cuervo.

Por su trabajo en la promoción de la agricultura urbana y el aprovechamiento de residuos orgánicos, el docente ha recibido reconocimientos por su contribución a la sostenibilidad ambiental y al fortalecimiento de procesos comunitarios en Bogotá; el más reciente lo recibió del Concejo de Bogotá.

Por eso insiste en que “lo fundamental está en la conciencia ciudadana: separar adecuadamente los residuos, evitar su contaminación y comprender que los materiales orgánicos no son basura, sino un recurso con potencial productivo”.

Clima y manejo del cultivo explican por qué la chirimoya no madura igual en Tibacuy

* El rendimiento de la chirimoya de Tibacuy mejoraría teniendo más claridad sobre los momentos y formas en que florecen sus árboles. Foto Cortesía: Javier Borbón, magíster en Ciencias Agrarias de la UNAL.

Agricultura & Ganadería

(UN – Martes 27 de enero de 2026).- En este municipio del suroccidente de Cundinamarca la chirimoya no sigue un calendario fijo para alcanzar su madurez. Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) mostró que esta prima de la guanábana puede tardar entre 5 y 7 meses en desarrollarse según la temperatura acumulada (12 °C o más) y la disponibilidad de agua, un hallazgo que les permite a los productores ajustar mejor el momento de la cosecha y mejorar la calidad de un cultivo de importancia económica en el país, pero poco estudiado.

En la práctica muchos productores definen el momento de la cosecha a partir de señales visibles como cambios en el color de la cáscara o la separación de las escamas. Sin embargo, el estudio de Javier Leonardo Borbón, magíster en Ciencias Agrarias, evidenció que estos indicadores no siempre corresponden a la madurez real del fruto, pues también pueden estar influenciados por la edad de este o por condiciones ambientales como el calor o la disponibilidad de agua.

“Basarse solo en la apariencia puede llevar a cosechas anticipadas o tardías, con efectos sobre el sabor, la textura y el valor comercial”, señala el investigador.

La chirimoya (Annona cherimola) se cultiva en municipios como Choachí y Tibacuy (Cundinamarca), San Mateo y Chiscas (Boyacá), y en algunas zonas de Antioquia y Nariño, y se hace especialmente a partir de conocimientos transmitidos entre generaciones, con árboles sembrados por semilla y sin un manejo agronómico estandarizado. Muchas veces los árboles forman parte de sistemas agroforestales o crecen dispersos en fincas cafeteras, lo que refuerza su importancia económica y cultural para numerosas familias campesinas.

Según datos oficiales, en 2017 Colombia produjo cerca de 723 toneladas de chirimoya, una fruta reconocida por su pulpa blanca, cremosa y aromática, con un sabor dulce y ligeramente ácido que suele describirse como una mezcla entre plátano, piña, fresa y mango. A pesar de estas cualidades, su producción sigue siendo irregular.

“El estudio busca que los productores cuenten con información más precisa para mejorar sus decisiones de manejo, y con ello la calidad del fruto que llega al mercado”, explica el magíster Borbón, quien realizó entrevistas en San Mateo (Boyacá) y encontró que el precio pagado por costal en las zonas productoras suele ser mucho más bajo que el obtenido en las ciudades, una brecha que se reduciría con fruta de mejor calidad y mayor uniformidad.

Con ese propósito, en una finca de Tibacuy con cerca de 100 árboles de chirimoya, realizó un seguimiento semanal a 12 plantas sembradas por semilla, como ocurre en la mayoría de los cultivos del país. Durante varios meses registró sistemáticamente la aparición de brotes, la floración y el crecimiento del fruto, desde sus primeras etapas hasta la cosecha, lo que le permitió describir con detalle cada fase del desarrollo.

Un crecimiento que depende del clima

Uno de los principales hallazgos del estudio es que la chirimoya no crece a un ritmo fijo. A diferencia de países como España, Chile o Italia, en donde las estaciones marcan el calendario agrícola, en el clima andino –con temperaturas entre 10 y 20 °C– el árbol puede presentar más de un periodo de brotación y floración a lo largo del año.

El trabajo mostró que la maduración del fruto está estrechamente relacionada con la acumulación de calor, medida a partir de días con temperaturas superiores a los 12 °C y con la disponibilidad de agua proveniente de la lluvia o el riego. En Tibacuy, donde la temperatura media ronda los 19 °C, los frutos pueden completar su desarrollo en cerca de 5 meses cuando las condiciones son favorables, o tardar hasta 7 meses en periodos más fríos o secos.

En épocas con menor disponibilidad de agua el árbol prioriza el mantenimiento de sus tejidos y reduce la velocidad de crecimiento del fruto, lo que explica la variabilidad observada. Cosechar antes de tiempo puede afectar el tamaño y el sabor, mientras que hacerlo demasiado tarde puede disminuir la calidad y el precio del producto.

La investigación también evidenció que la polinización es uno de los principales factores que limitan la producción de chirimoya. De forma natural, el proceso depende de escarabajos polinizadores, pero no siempre es eficiente, ya que las partes masculinas y femeninas de la flor maduran en momentos distintos, lo que reduce la probabilidad de fecundación.

El seguimiento mostró que muchas flores no llegan a convertirse en fruto, pero cuando se realizó polinización manual —una práctica poco usada en Colombia— el número de frutos por árbol aumentó significativamente, tal como lo han reportado otros estudios en el exterior. Este resultado confirma que mejorar la polinización puede incrementar el rendimiento del cultivo.

Una guía para mejorar el manejo del cultivo

Otro aporte central del trabajo es la adaptación de una escala agronómica que permite identificar con precisión las etapas de crecimiento de la chirimoya en condiciones andinas colombianas. Esta herramienta, utilizada en otros países, no se había aplicado sistemáticamente en Colombia y permite saber cuánto dura cada fase del desarrollo del árbol y del fruto.

Por ejemplo, la primera fase de crecimiento finaliza entre los 90 y 110 días después de la polinización, un momento crítico en el que la competencia por recursos entre frutos y semillas puede afectar el rendimiento, por lo que el manejo adecuado resulta esencial para evitar pérdidas.

El trabajo del magíster Borbón muestra que conocer cómo crece la chirimoya, cuánto tiempo necesita realmente para madurar y qué factores influyen en ese proceso permite pasar de un manejo basado solo en la experiencia a uno respaldado por datos, mejorando así las decisiones de los productores sin desconocer su conocimiento acumulado.

Tilapia roja, ¿cómo se defiende de la enfermedad que más la ataca?

* Encuentran las zonas en las que el organismo de la tilapia roja se defiende más de una peligrosa bacteria.

Agricultura & Ganadería

(UN – Lunes 22 de diciembre de 2025).- En el bazo y el hígado de estos peces hay genes que activan una mayor respuesta de las células del sistema inmune para defenderse y repeler la variante Streptococcus agalactiae, bacteria causante de la estreptococosis, enfermedad que se ha convertido en la peor enemiga de las piscifactorías del país. Este hallazgo es un paso importante para hacerle frente a la emergencia sanitaria declarada en 2023 y que afecta a por lo menos 1.805 centros productores de este pez en Huila, Tolima, Magdalena y Atlántico.

Aunque existen vacunas disponibles contra la estreptococosis –que se traen de países como Francia y Estados Unidos– estas no funcionan para todas las variantes de la bacteria, como por ejemplo en el subgrupo o serotipo (Ia), que debilita la inmunidad y resistencia del pez y que por eso provocó la emergencia sanitaria declarada por el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA). Ante esta alerta, los expertos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) se han interesado por determinar cómo se comporta la bacteria en el organismo de la tilapia roja del país.

Recordemos que esta especie es una de las más apetecidas en el exterior, pues cifras de la Federación Colombiana de Acuicultores evidencian que en 2022 la tilapia roja alcanzó el 92% de la exportación a Estados Unidos. Por otro lado, los datos también muestran que en ese año se rompió el récord en el envío acuícola a otros países, pues no solo se superó la barrear de las 200.000 toneladas, sino que además su crecimiento desde 2015 fue del 193 %.

Así, la médica veterinaria Leidy Johana Peña Osorio, magíster en Salud y Producción Animal de la UNAL, se interesó en cómo el subgrupo o serotipo (Ib), muy similar al que provocó la emergencia sanitaria declarada por el ICA, activa la respuesta de anticuerpos en el organismo de la tilapia roja.

Para ello, trabajó con 48 tilapias rojas en 4 estanques de la sede El Remanso de la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales (UDCA), en Bogotá. Las dividió en 4 grupos: al primero lo infectó vía intragástrica (por la boca hasta el estómago), al segundo, vía intraperitoneal (en el abdomen), al tercero, por inmersión en agua con la bacteria, y el último fue el grupo control sin infección.

Luego de la infección se evalúo la progresión de la enfermedad a los 3, 7 y 10 días; los síntomas principales son nado descoordinado (en remolinos), lesiones y laceraciones en piel, cola y aletas; aumento del globo ocular u ojos saltones; hinchazón abdominal y hemorragias en el corazón, que puede desembocar en la muerte de las tilapias.

Aunque el estudio se realizó en tilapias de 25 g, en estadio juvenil, según el ICA las pérdidas registradas en el país se han dado en todas las fases de su crecimiento: cría, alevinaje, levante y engorde.

Según la entidad, los datos más altos de mortalidad se han registrado en Atlántico, con un porcentaje del 47% de muertes por la nueva cepa, seguidos de Magdalena con 37%, y Tolima y Huila con cerca del 10%.

La investigadora Peña explica que “después de 3, 7 y 10 días se tomaban muestras en tejidos de órganos como bazo, branquias, riñón, hígado, piel e intestino, y se procesaban con la técnica de reacción en cadena polimerasa en tiempo real (qPCR), que permite analizar los genes que se están activando durante la infección”.

También se evidenció que la infección más fuerte se dio en los peces sumergidos en agua con la bacteria y en los inyectados en el abdomen; por otro lado, la bacteria no generó una respuesta inmune alta al entrar por la boca, por lo que el problema se agudiza cuando progresa hacia otras partes del organismo.

“Al estudiar el comportamiento de los dos tipos de inmunoglobulinas (moléculas producidas por el sistema inmune de los peces para defenderse de la enfermedad) encontramos que una de ellas aún no se había asociado con la defensa sistémica de la tilapia roja contra la acción de la bacteria, por lo que estos resultados ayudarían en un futuro a evaluar la respuesta inmunológica, generando vacunas que ataquen las nuevas cepas”, indica la experta.

Riesgo de contagio en humanos es bajo

La inmunoglobulina T es la última molécula descubierta en la tilapia y se ha estudiado poco a cuál se refiere, y está especializada en la inmunidad de mucosas como la piel, intestino, branquias. La investigación encontró que su activación es más significativa en el bazo, hígado y riñón de las tilapias rojas, lo cual indicaría que es un punto determinante de la lucha de estos peces contra la bacteria.

“En estudios recientes se encontró que tanto la variante que produjo la emergencia sanitaria como la que se estudió están infectando de manera conjunta a la tilapia roja, lo cual es preocupante y requiere de toda la atención de los entes de control”, señala la médica veterinaria y profesora de Microbiología de la UDCA.

El riesgo para el consumidor puede ser bajo si la tilapia está bien cocida, pues la bacteria muere fácilmente; no obstante, representa un mayor problema para quienes las manipulan en campo, pues es un microorganismo que sobrevive en agua por varios días. En adultos produce infecciones urinarias y neumonía.

Para desarrollar una vacuna en el país es esencial entender la respuesta inmune de los peces. Ahora, acuicultores y científicos destacan una inmunoglobulina antes ignorada, que fortalecería la defensa de la tilapia roja, un pez cuya exportación anual supera los 60 millones de dólares y es muy demandado en EE. UU., Canadá y Alemania.

Colmenas “inteligentes” permiten monitorear abejas y mejorar producción de miel

*Colmenas con abejas en producción, monitoreadas sin abrirlas. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Jueves18 de diciembre de 2025).- Un sistema que convierte colmenas convencionales en colmenas inteligentes permite medir temperatura, humedad, peso y actividad de las abejas en tiempo real, generar alertas automáticas y mejorar la obtención de miel sin alterar el comportamiento natural de las colonias. El desarrollo resulta especialmente relevante para la apicultura en zonas rurales, donde abrir la colmena de manera frecuente puede afectar la salud de las abejas y disminuir su rendimiento.

A partir de este enfoque, estudiantes de Ingeniería Física de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales, diseñaron un sistema que se integra a colmenas tradicionales sin modificar su estructura ni interferir con la dinámica natural de las colonias. Su propuesta busca aumentar hasta en un 20 % la producción de miel, reducir el estrés de las abejas y ofrecer una alternativa sostenible para comunidades de municipios como Marmato y Supía, en Caldas.

El sistema se incorpora a colmenas convencionales y permite vigilar, de forma continua, lo que ocurre dentro sin necesidad de abrirlas. Al reducir las intervenciones físicas, se protege el comportamiento natural de las abejas y se evita el estrés que suele afectar su productividad.

En su interior, la colmena cuenta con sensores que miden temperatura y humedad, registran vibraciones asociadas a la actividad de la colonia y controlan el peso total, un indicador directo de la producción de miel. Estos datos se recopilan de manera permanente y son gestionados por un microcontrolador.

Diseño pensado para el apicultor

Para no alterar el trabajo cotidiano del apicultor, los componentes se acoplan mediante conexiones magnéticas, lo que permite retirar las alzas sin desconectar cables ni manipular la electrónica. Así, la tecnología se adapta a la práctica apícola tradicional y no al revés.

“La idea no es crear una colmena nueva, sino adaptar una que ya utiliza cualquier apicultor para que pueda conocer lo que ocurre adentro sin necesidad de abrirla constantemente”, explica la estudiante Mariana Londoño Franco.

La información recogida se procesa primero dentro de la colmena y luego se envía por radiofrecuencia de baja frecuencia (433 MHz) a un receptor ubicado a varios kilómetros. Desde allí, los datos llegan a una plataforma digital en línea que procesa la información y la traduce en rangos normales de producción y alertas para el apicultor.

Cuando algo se sale de esos rangos, el sistema emite alertas automáticas que llegan al celular del apicultor, indicando cuándo intervenir o advirtiendo sobre condiciones anómalas que podrían afectar la salud de la colonia.

Al operar con energía solar, el sistema funciona de manera autónoma, sin depender de redes eléctricas, y reduce la exposición de las abejas a campos eléctricos intensos. Además, el monitoreo constante disminuye las intervenciones innecesarias y contribuye a mantener colonias más estables.

Además de su aporte productivo y ambiental, los componentes del sistema son modulares, resistentes y fácilmente reemplazables, de modo que el apicultor no necesita conocimientos en electrónica para instalar o desmontar el sistema.

“No queríamos un sistema complejo o frágil. La idea es que el apicultor pueda montar o desmontar todo el sistema sin involucrarse con la parte electrónica o eléctrica, ya que todo viene integrado; es solo como montar lo que ya está unido, usando procesos sencillos como atornillar las piezas”, explica el ingeniero físico Diego Armando Girón Murcia, quien aportó sus conocimientos en instrumentación electrónica.

Añade que, las conexiones magnéticas, permiten separar las partes de la colmena sin riesgo de dañar el sistema electrónico, un aspecto clave para su uso cotidiano en campo.

Del laboratorio al territorio

El prototipo fue desarrollado inicialmente como trabajo de grado y validó su funcionamiento en laboratorio. Posteriormente, obtuvo una financiación de 10 millones de pesos del Fondo de Cofinanciación de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Gobernación de Caldas, lo que permitió fortalecer el diseño y proyectarlo hacia su aplicación en territorio.

El desarrollo ha contado con el acompañamiento de la Corporación para el Desarrollo de Caldas (CDC) y de los docentes Elisabeth Restrepo Parra y Daniel Alejandro Pineda Hernández, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, Departamento de Física y Química de la UNAL Sede Manizales, en el marco del Centro de Desarrollo Tecnológico Interfaz.

La siguiente etapa contempla pruebas en campo en municipios como Marmato y Supía, con el objetivo de ajustar el sistema a condiciones reales de uso y avanzar hacia su implementación directa por apicultores, como una herramienta que contribuya a la protección de las abejas y a la sostenibilidad económica de las comunidades rurales.

El ICA y OIRSA avanzan en la validación de las inmunotiras para la detección rápida de Fusarium R4T

* Las inmunotiras son pruebas de diagnóstico rápido y portátil que detectan de manera oportuna la presencia de organismos específicos como virus, bacterias y hongos especialmente en plantas. Esto genera un impacto positivo y de reacción inmediata para la toma de decisiones en la aplicación de medidas correctivas y preventivas.

* A través del ICA, Colombia es el primer país de la región en validar esta herramienta en condiciones reales, abriendo el camino para su incorporación en los programas de vigilancia fitosanitaria de la marchitez por Fusarium R4T.

* El Organismo Internacional Regional de Sanidad Agropecuaria (OIRSA) es una institución especializada en las áreas de salud animal, sanidad vegetal, servicios cuarentenarios e inocuidad de los alimentos. Está conformada por nueve Estados centroamericanos con los que Colombia tiene comercio de productos agropecuarios.

* El ICA trabaja de manera responsable para que cerca de 600.000 hectáreas de plátano y banano, en los 32 departamentos del país, continúen generando productos sanos para el consumo humano, aportando así al desarrollo económico en las regiones y la Reforma Agraria.

Agricultura & Ganadería

(ICA – Miércoles 17 de diciembre de 2025).- El Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) y OIRSA desarrollaron de manera conjunta una jornada técnica de validación de tirillas inmunocromatográficas (inmunotiras) para la detección rápida y contención del Fusarium oxysporum f. sp. cubense Raza 4 Tropical (Foc R4T), una de las amenazas fitosanitarias más importantes para la producción de banano y plátano en América Latina y el Caribe.

La inmunotira desarrollada por la Universidad Nacional de Taiwán y el OIRSA mediante proyectos de cooperación internacional, fue evaluada en zonas de producción del departamento de La Guajira y en el Laboratorio de Diagnóstico Fitosanitario de Zona Bananera, ubicado en el departamento de Magdalena. Con ello, Colombia a través del ICA se convirtió en el primer país de la región en validar esta herramienta en condiciones reales, abriendo el camino para su futura incorporación en los programas de vigilancia fitosanitaria de la marchitez por Fusarium.

Durante la jornada, los equipos técnicos del ICA y del OIRSA, junto con representantes del sector productivo de la zona norte del país, participaron activamente en un ejercicio práctico que permitió evaluar el desempeño de la inmunotira tanto en campo como en laboratorio.

En campo, se realizaron actividades de selección del tejido sintomático, preparación del material vegetal y aplicación directa de la inmunotira, lo que permitió observar su funcionamiento bajo condiciones reales de producción y en lotes con presencia confirmada de Foc R4T.

En el laboratorio, se llevaron a cabo procesos controlados de evaluación in vitro utilizando materiales de referencia, como aislamientos confirmados de Foc R4T, otras razas de Foc y demás patógenos. Esta etapa permitió analizar la especificidad de la herramienta y verificar su respuesta ante blancos biológicos diversos.

El ejercicio integral confirmó el potencial de la inmunotira como un apoyo para el prediagnóstico, facilitando la discriminación de muestras sospechosas que deben ser enviadas a pruebas moleculares confirmatorias y agilizando la toma de decisiones para el manejo de la enfermedad.

El Dr. Carlos Urías, director regional de Sanidad Vegetal del OIRSA, resaltó la importancia de este ejercicio colaborativo y expresó: “El trabajo conjunto con el ICA consolida a Colombia como un referente técnico en la región. Para el OIRSA es fundamental validar herramientas innovadoras como esta inmunotira, que permitirán agilizar los sistemas de vigilancia en campo de Fusarium R4T. Además, contamos con otros desarrollos tecnológicos en curso orientados a fortalecer la prevención, la vigilancia y la detección oportuna de plagas cuarentenarias, los cuales seguiremos trabajando con los países de la región para proteger los sistemas productivos de musáceas.”

Desde el ICA, el Dr. Luis Gerardo Arias, Subgerente de Protección Vegetal del ICA indicó: “Esta validación refuerza las capacidades nacionales para la vigilancia fitosanitaria. El ICA seguirá trabajando de la mano con el OIRSA para incorporar herramientas innovadoras que protejan la sanidad de los cultivos estratégicos para el país y nos permitan consolidar esquemas más eficientes de detección temprana.”

Con esta actividad exitosa, el ICA y el OIRSA reafirman su compromiso con la protección de la industria bananera y platanera en Colombia, América Latina y el Caribe, promoviendo la innovación tecnológica y fortaleciendo la vigilancia fitosanitaria frente a amenazas de alto impacto como Fusarium R4T.

ICA confirma que arroz editado genéticamente es un cultivar convencional

* La entidad, en cumplimiento a la resolución 22991 de 2022, concluyó que una línea de arroz, desarrollada por la Alianza de Bioversity International y el CIAT, es un cultivar convencional y, por tanto, se puede evaluar en campo abierto. Este concepto acelera el desarrollo de una nueva variedad adaptada a la Altillanura colombiana.

* En la foto, personal técnico de las dos organizaciones preparando las plántulas de arroz editadas para su establecimiento en ensayos de campo confinado.

Agricultura & Desarrollo

(CIAT – Jueves 11 de diciembre de 2025).- La Alianza de Bioversity International y el CIAT anuncia un hito para la agricultura en Colombia: el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) determinó que una nueva línea de arroz desarrollada en el país con edición genética CRISPR/Cas9 se considera un cultivar convencional, no un Organismo Vivo Modificado. La decisión se basa en que la edición no añadió ADN de otra especie, sino que produjo un cambio equivalente a una mutación natural que existe en el arroz.

Esta línea fue desarrollada en Colombia por la Alianza Bioversity & CIAT, a partir de la variedad comercial Corpoica Llanura 11, un arroz de secano tipo japónica liberado por el CIAT (hoy Alianza), Corpoica (hoy Agrosavia) y CIRAD, reconocido por su adaptación a suelos ácidos y su tolerancia al hongo causante del añublo del arroz (Pyricularia spp.), una enfermedad que afecta severamente al cultivo de arroz en el mundo.

¿Qué se editó y por qué es importante?

El desarrollo se logró mediante una edición precisa en el gen GN1a, que regula la producción de citoquininas, factores de crecimiento vegetal que influyen directamente en el número de panículas y de granos de cada planta.

En términos simples, GN1a ayuda a regular la producción de granos. Al ajustar su función mediante edición genética, es posible aumentar el número de granos por planta sin alterar la identidad de la variedad; por ello, la edición de genes es una herramienta de alta precisión para aumentar el rendimiento del arroz.

“La edición genética obtenida se clasificó como del tipo SDN-1 (por su nombre en inglés). Es decir, una edición que produce un cambio pequeño y preciso en el ADN sin introducir material genético de otras especies. En este caso, se trata de la eliminación puntual de dos bases del ADN, equivalente a una mutación que ocurre de forma natural en el arroz, pero obtenida con alta precisión en una variedad comercial”, asegura Paul Chavarriaga, líder del programa de Biotecnología de la Alianza Bioversity & CIAT.

Resultados en campo

En evaluaciones iniciales en campo confinado, el material editado mostró incrementos significativos de rendimiento frente a la versión parental de Corpoica Llanura 11, variedad comercial registrada para su producción en la Altillanura colombiana, incluyendo: mayor número de macollas, más panículas por planta, más granos por panícula y por planta, y sin modificaciones indeseables en características clave como días a floración y altura.

Estos resultados confirman el potencial de la edición genética para fortalecer la productividad en un material ya adaptado a condiciones difíciles, como las de la Altillanura.

Un concepto que impulsa la innovación

Tras analizar la información técnica solicitada, el ICA concluyó que la línea no presenta inserciones de ADN de otra especie ni conserva restos de las herramientas genéticas empleadas durante el proceso de edición. El único cambio es la deleción puntual en el gen GN1a; por tanto, el producto final se clasifica como un cultivar convencional.

Esta clasificación permite avanzar hacia ensayos en campo abierto, sin las restricciones regulatorias aplicables a los Organismos Vivos Modificados (OVM).

Asimismo, la decisión del ICA reafirma que las ediciones tipo SDN-1 son distintas de los OVM, alineando al país con estándares internacionales; acelera la innovación agrícola al permitir que los desarrollos realizados en Colombia lleguen más rápido a los productores; y demuestra la capacidad científica nacional para generar variedades más eficientes y resilientes.

“Este concepto del ICA nos permite avanzar en la evaluación de zonas representativas de la Altillanura colombiana. Allí podremos validar su rendimiento en distintos ambientes y definir su potencial como futura variedad comercial. Además, podremos utilizarla como planta progenitora para transferir esta característica de alto rendimiento a otros materiales adaptados al secano y a suelos ácidos. Todo esto se traduce en beneficios concretos para los productores de arroz del país”, puntualiza la científica Sandra Patricia Valdés, de la Alianza Bioversity & CIAT.

Comparación de la producción de granos en arroz entre la línea control Llanura 11 (izquierda) y la línea editada (derecha), mostrando un aumento notable en la cantidad de granos tras la edición genética.

Bacterias del arroz protegerían cultivos y aumentarían el peso de los granos

* Cuatro bacterias de raíces de arroz controlan el añublo bacteriano, enfermedad que causa pérdidas de hasta el 80% en cultivos. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Martes 25 de noviembre de 2025).- Cuatro bacterias que viven en las raíces de la planta del arroz limitan y retardan el crecimiento del añublo bacteriano, enfermedad que causa pérdidas de hasta el 80% en los cultivos. La aplicación conjunta de estas bacterias disminuyó notablemente el tamaño de las lesiones en los tallos, mejoró la absorción de nitrógeno y aumentó casi al doble el peso de los granos, lo que demuestra que es una alternativa viable a los pesticidas y fertilizantes.

El arroz no solo acompaña la comida, también representa el sustento diario de millones de personas en el mundo y es el segundo cultivo más importante para la seguridad alimentaria global después del trigo, con una producción anual cercana a los 543 millones de toneladas, según la FAO. En Colombia tiene un papel fundamental en la economía agrícola nacional y en la alimentación de las familias campesinas.

Sin embargo, la producción de este grano enfrenta un enemigo silencioso y devastador: Burkholderia glumae, una bacteria que invade el tallo donde se forman las espigas e impide que los granos se desarrollen. El resultado son espigas vacías, granos decolorados y cosechas que pueden perder hasta el 80% de su producción, especialmente en regiones cálidas y húmedas donde el patógeno prospera.

La solución más común para controlar el añublo bacteriano, enfermedad producida por dicho microorganismo, ha sido el uso de químicos y pesticidas, pero estos, además de contaminar fuentes hídricas, afectar la biodiversidad del suelo y generar riesgos para la salud de los agricultores, han perdido efectividad porque la bacteria ha aprendido a resistirlos.

Como alternativa para enfrentar la enfermedad, la investigadora Sandra Ximena Vivas Londoño, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, comprobó que 4 bacterias benéficas extraídas de las raíces del arroz atenúan los efectos del patógeno. Las plantas tratadas produjeron 24% más espiguillas, los granos casi duplicaron su peso, y tanto las panículas como las raíces fueron más robustas, lo que se tradujo en un mejor anclaje y una mayor capacidad de absorción de nutrientes.

Búsqueda de aliados microscópicos

El primer paso del estudio fue encontrar a los posibles aliados; para ello, la magíster recolectó 8 plantas de arroz totalmente sanas: 7 provenientes del municipio de Saldaña (Tolima) y 1 de Jamundí (Valle del Cauca), principales zonas arroceras de Colombia. En el laboratorio tomó muestras de las raíces, tallos, hoja y granos para aislar las bacterias que viven dentro de los tejidos de la planta, conocidas como bacterias endofíticas, las cuales no son dañinas, por el contrario, la mayoría tienen una relación de beneficio mutuo con la planta. Así, aisló 112 bacterias diferentes.

Luego, en placas de cultivo, enfrentó cada una de estas 112 muestras contra la bacteria B. glumae. Este proceso, conocido como “ensayos de enfrentamiento dual” se puede imaginar como una serie de duelos microscópicos en los que la mayoría de las bacterias extraídas no lograron detener el patógeno.

Sin embargo, 4 de ellas sí lo hicieron, formando una barrera de inhibición a su alrededor, lo que limitó el crecimiento de la bacteria, una clara señal de que producían sustancias que inhibían su desarrollo o competían por el espacio y los nutrientes de manera más efectiva.

Una vez evidenciado su potencial, el siguiente paso fue ponerles un nombre; para ello, la investigadora usó la observación microscópica para identificar cómo se veían sus colonias en una placa —forma, color y textura—, y notó que todas tenían forma de bastoncillo.

El paso siguiente fueron las pruebas bioquímicas para conocer los “gustos” de estas 4 bacterias. Usando unas tiras especiales que contienen 49 azúcares diferentes, analizó qué fuentes de alimento podrían consumir.

Posteriormente, al analizar su ADN, identificó a las aliadas: dos cepas de Priestia aryabhattai, una de Priestia megaterium y otra de Bacillus sp., géneros de bacterias reconocidos mundialmente por su capacidad para promover el crecimiento de las plantas y suprimir enfermedades.

Del laboratorio al invernadero

Con las bacterias ya identificadas, la investigadora estableció un experimento con múltiples grupos de plantas de arroz cultivadas en invernadero. Algunas semillas se trataron individualmente con cada una de las 4 bacterias, otras recibieron una mezcla o consorcio de las 4, otro grupo no recibió ningún tratamiento y un último grupo fue infectado con el patógeno sin ningún tipo de protección.

A los 21 días de germinación de estas plantas, la magíster infectó 3 grupos con la bacteria maligna para conocer y medir qué tan rápido se marchitaban las plantas, cuánto crecían las lesiones en los tallos y cuál era el rendimiento de la cosecha.

Después de 30 días evidenció que las plantas que recibieron el tratamiento con las bacterias benéficas no solo desarrollaron síntomas mucho más leves, sino que además mostraron un vigor y una salud general muy superiores.

La unión de las bacterias prodigiosas demostró ser la estrategia más efectiva. En estas plantas se retrasaron los síntomas de la enfermedad, la lesión en sus tallos fue en promedio 1,3 veces más pequeña que en las plantas que no tuvieron protección, y el peso de los granos aumentó casi el doble, versus el grupo de control.

También concluyó que este grupo de microorganismos benéficos ayudan a fijar el nitrógeno, que permite que la planta crezca con mayor vigor y rendimiento, pues las raíces fueron más robustas, lo que significa que podían absorber mejor los nutrientes y anclarse con más fuerza al suelo.

Tomate de árbol se ahoga en Boyacá, pero una hormona sería su “chaleco salvavidas”

* El tomate de árbol tendría un aliado sin precedentes que lo haría más resistente al invierno. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Lunes 24 de noviembre de 2025).- Cuando las lluvias arrecian en zonas de planicie como Boyacá, el tomate de árbol paga las consecuencias: las raíces se asfixian bajo el exceso de agua y hasta el 90% de los frutos se pierden. Ahora, científicos probaron que una hormona obtenida de flores actuaría como escudo protector manteniendo el crecimiento y las hojas incluso en plena temporada invernal.

En las montañas frías de Boyacá, Cundinamarca y Antioquia –principales regiones productoras de este fruto– las lluvias excesivas saturan el suelo y lo vuelven incapaz de drenar. Las raíces quedan atrapadas en un charco invisible y, sin oxígeno, empiezan a marchitarse como si se ahogaran bajo tierra. El desenlace es devastador: las hojas se tornan amarillas, los frutos se desprenden antes de madurar y las cosechas se pueden reducir drásticamente en cuestión de días.

La magnitud del problema se refleja en las cifras. Según la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), el país produce más de 150.000 toneladas de tomate de árbol al año, y departamentos como Boyacá concentran buena parte de esta producción. En épocas de lluvias intensas, incluidas las asociadas con el fenómeno de La Niña, las pérdidas se convierten en una verdadera pesadilla para cientos de familias campesinas que dependen de este fruto para su sustento.

Este fruto ha sido poco estudiado, en especial su capacidad para resistir las inundaciones del suelo, por lo que el investigador Diego Alejandro Gutiérrez Villamil, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se adentró en el problema describiendo el primer impacto: “con 4 de inundación la planta ya empieza a colapsar, y después de ese momento el daño es irreversible”.

Resistir con ayuda de una hormona

El experimento fue sencillo de diseñar, pero exigente en la práctica. En un ensayo a campo abierto en Tunja, el investigador sembró más de 20 plantas de tomate de árbol en materas y luego las sometió a inundación. Así comprobó que el cuarto día es el punto crítico: las raíces dejan de absorber agua y nutrientes, las plantas se asfixian y la fotosíntesis se interrumpe frenando por completo su crecimiento.

El propósito no era solo identificar el momento crítico, sino probar una salida. Así surgió la opción de los brasinoesteroides, una hormona vegetal presente de forma natural en las plantas, pero insuficiente en condiciones de inundación. Con su aplicación externa, el investigador Gutiérrez buscó estimular al tomate de árbol para que generara un escudo en sus hojas capaz de resistir los embates de las lluvias intensas.

La hormona regula el crecimiento de las plantas y tiene una historia particular: la primera vez que se aisló fue en los nabos –ingrediente clave del cocido boyacense– y también en distintas flores. En el experimento, el producto utilizado provenía de un fabricante que obtiene de ellas una concentración baja (0,1%), ya que conseguirla en estado puro resulta difícil y costoso.

Para evaluar su efecto, el magíster conformó dos grupos: uno sin tratamiento y otro al que aplicó brasinoesteroides en las hojas con dos dosis: 6,7 y 3 mililitros por litro, antes y 24 horas después de inundar las materas. Esto le permitió comparar la resistencia y recuperación de las plantas tratadas frente a aquellas que no recibieron ninguna ayuda.

Los resultados sorprendieron al investigador: mientras las plantas sin protección empezaban a marchitarse y perder vigor a los pocos días, las tratadas con la hormona lograron mantener sus hojas verdes, conservar la clorofila y seguir realizando fotosíntesis incluso bajo condiciones de estrés. Además, produjeron sustancias protectoras como la prolina, un aminoácido que actúa como escudo interno frente al ahogamiento.

El estudio fue dirigido y acompañado por el profesor Helber Enrique Balaguera López, de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL, y de Óscar Humberto Alvarado Sanabria, magíster en Ciencias Agrarias.

Hasta la raíz

La hormona permitió que el tomate de árbol no se hundiera del todo. Después de la inundación, las plantas tratadas se recuperaron más rápido y siguieron creciendo, algo que no ocurrió con las demás. Fue como darle un flotador a un nadador que lucha contra la corriente: el río sigue caudaloso, pero al menos tiene la oportunidad de llegar a la orilla.

“Actualmente los agricultores tratan de hacer zanjas para que el agua fluya y las plantas no se ahoguen, pero esto no siempre es efectivo. Por otro lado, algunos ya usan la hormona, pero sin saber cuáles son las concentraciones ideales o en qué momento aplicarla. El estudio es una guía para que lo hagan de manera correcta”, indica el investigador Gutiérrez.

Además de alimentar a miles de hogares, el tomate de árbol también se exporta: en 2022 llegaron cargamentos a Países Bajos, Canadá, Bélgica y Rusia. Su peso económico y cultural lo hace símbolo de la agricultura andina, pero también víctima del cambio climático, “que no solo eleva la temperatura, sino que en pocos días concentra lluvias que antes caían en un mes, seguidas de largas sequías”, señala el investigador.

Los científicos advierten que no se trata de una solución mágica. Falta probar la hormona en las raíces y medir su efecto, aunque allí el reto es mayor porque puede diluirse en el suelo y perder eficacia. Aun así, representa una pieza en el rompecabezas de la adaptación agrícola a las lluvias intensas. Lo ideal es combinar un buen manejo del agua con la aplicación estratégica de estas hormonas para obtener cultivos más resistentes.

“Aunque las hormonas aplicadas en las plantas no tienen impacto en la salud humana, para ellas sí son perjudiciales en concentraciones muy altas, pues impiden su crecimiento normal”, explica el experto.

En las montañas boyacenses, donde las lluvias golpean sin tregua y las nubes oscurecen los valles, los campesinos seguirán sembrando tomate de árbol con la esperanza de que sus frutos lleguen intactos a la cosecha. Quizá con la ayuda de esta hormona “salvavidas”, tengan más posibilidades de ganar la batalla contra el exceso de agua que amenaza sus huertas.

Estiércol de cerdo y bacterias, aliados para la producción sostenible de fertilizantes

* Microorganismos alimentados con ácidos del estiércol porcino impulsaron el crecimiento del tomate en suelo e hidroponía. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Miércoles 19 de noviembre de 2025).- Colombia importa grandes volúmenes de fertilizantes sintéticos, de los cuales se aplican en los cultivos cerca de 392,5 kg por hectárea, una práctica costosa que además deja fuertes huellas ambientales. En contraste, el estiércol de cerdo —uno de los residuos agroindustriales más abundantes y ricos en carbono— suele desecharse sin aprovechamiento, pese a su potencial como insumo. Cuando este se descompone de forma controlada libera moléculas que actúan como fuente de energía para bacterias que pueden fijar nitrógeno de manera natural y favorecer el crecimiento de los cultivos.

Es urgente hacer un cambio, ya que hasta el 50% del nitrógeno aplicado se pierde en el suelo, y las emisiones de óxido nitroso —un gas 300 veces más potente que el CO₂— siguen en aumento. A esto se suma que desde 2020 los precios de los fertilizantes han aumentado más del 300% debido a la crisis de insumos provocada por la pandemia de Covid-19, un impacto fuerte para los productores.

En este contexto, convertir los ácidos derivados del estiércol porcino en alimento para bacterias fijadoras de nitrógeno abre una ruta sostenible para producir una alternativa biológica, reducir costos y disminuir la contaminación asociada tanto con el uso de químicos como con los 55 billones de toneladas de residuos animales que se generan cada año.

Frente a este crítico panorama es necesario buscar soluciones en los procesos y organismos naturales, y en esa línea la investigación realizada por Nicolás Rodríguez Romero, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, en conjunto con la Universidad del Valle, extrajo ácidos grasos volátiles del estiércol de cerdo y los convirtió en el alimento de comunidades microbianas capaces de fijar nitrógeno en las raíces del tomate.

Selección natural en pro de la abundancia

La fijación de nitrógeno es el segundo proceso biológico más importante para sostener la vida en el planeta, por lo que el punto de partida fue aislar microorganismos capaces de realizarla de manera eficiente. Estas bacterias funcionan mejor cuando actúan en comunidad, pues juntas potencian su capacidad para producir biofertilizantes.

En lugar del camino tradicional de trabajar con cepas aisladas, el investigador implementó un método de ingeniería de microbiomas, partiendo de una muestra de suelo rica en biodiversidad microbiana. A partir de allí se creó un sistema en donde solo podían prosperar los organismos capaces de fijar nitrógeno.

Durante 6 semanas los microorganismos se expusieron en biorreactores a condiciones altamente selectivas. El medio de cultivo incluía los ácidos grasos volátiles como única fuente de carbono y el aire como la única fuente de nitrógeno, una configuración que generó una presión evolutiva intensa, ya que allí solo sobrevivieron y se multiplicaron las bacterias capaces de consumir los ácidos grasos y fijar nitrógeno atmosférico al mismo tiempo.

El monitoreo reveló una especie de selección natural en miniatura. Semana tras semana, el magíster registró la disminución de los ácidos grasos y el aumento de nitrógeno disponible. “La desaparición de los ácidos grasos nos indicaba que estaban siendo consumidos, mientras que el aumento de nitrógeno en el medio nos confirmaba que la fijación biológica estaba ocurriendo de manera efectiva”, señala.

Las comunidades obtenidas lograron usar los ácidos grasos volátiles como alimento y aumentaron en 76 % su capacidad de fijación de nitrógeno, lo que se reflejó en un mejor crecimiento del tomate tanto en hidroponía como en suelo, frente a las plantas que no recibieron el tratamiento microbiano.

Además del seguimiento a los ácidos grasos y al nitrógeno total, se evaluó el desempeño de las comunidades en diferentes diluciones, se comparó su respuesta frente a mezclas de ácidos grasos volátiles (AGVs) tanto sintéticos como provenientes del estiércol, y se midió el nitrógeno acumulado en el sobrenadante, que alcanzó valores de hasta 9,8 mg·mL⁻¹.

Las pruebas en invernadero confirmaron que la inoculación modificó la composición microbiana de la rizosfera y mejoró la producción, equiparando resultados obtenidos con fertilización química convencional.

El análisis de estas comunidades reveló 3 géneros bacterianos dominantes: Taibaiella, Aureimonas y Sinirhodobacter, poco comunes en biofertilizantes comerciales y con un potencial biotecnológico aún por explorar. Para identificarlos, se extrajo ADN de los cultivos, se secuenció y se realizó un análisis bioinformático a partir del efluente de los reactores, procedimiento aplicado específicamente a los tratamientos con mezclas de AGVs de cerdo y AGVs sintéticos.

Este análisis permitió detectar taxones poco conocidos asociados con la fijación de nitrógeno y sugirió interacciones sinérgicas en la comunidad, un comportamiento compatible con el aumento de pH (acidez) y la mayor disponibilidad de nitrógeno observada durante el proceso.

Otro hallazgo fundamental fue el comportamiento “social” de estas comunidades al interactuar con la planta. “El tomate no aceptaba a toda la comunidad, sino que, través de señales químicas, seleccionaba activamente a los microorganismos más compatibles con su fisiología, estableciendo una simbiosis personalizada”, explica el investigador. Este proceso sugiere que cada cultivo podría elegir sus propios socios microbianos ideales, abriendo la puerta a biofertilizantes ajustados a las necesidades de cada planta.

De desechos orgánicos a alimento microbiano

Una vez la comunidad estaba establecida, había que buscar su alimento. Por eso, el punto de partida para obtener esos ácidos fue la digestión anaerobia realizada con el estiércol, un proceso que, en condiciones sin oxígeno, descompone la materia orgánica. De esto se obtiene biogás, pero también ácidos grasos ricos en moléculas conocidas como el acético, propiónico y butírico, “compuestos ricos energéticamente para el metabolismo microbiano”, explica el investigador Rodríguez.

El líquido resultante, rico en estos compuestos, pero aún con una composición compleja y presencia de sólidos, se sometió a un proceso de filtración y centrifugación para eliminar impurezas y partículas mayores. El resultado fue un licor que contenía la mezcla de ácidos, y para hacerlo aún más puro, el investigador implementó una fase de destilación, un método de separación que aprovecha los diferentes puntos de ebullición para generar una evaporación controlada de los componentes volátiles.

El producto final fue un sustrato líquido rico en carbono que constituyó la base del medio de cultivo para las comunidades microbianas. Esta transformación no solo resuelve un problema ambiental al darle un uso de alto valor a un desecho, sino que además reduce drásticamente los costos potenciales de producción del biofertilizante, ya que el sustrato principal proviene de una fuente gratuita y abundante.