Bacterias del arroz protegerían cultivos y aumentarían el peso de los granos

* Cuatro bacterias de raíces de arroz controlan el añublo bacteriano, enfermedad que causa pérdidas de hasta el 80% en cultivos. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Martes 25 de noviembre de 2025).- Cuatro bacterias que viven en las raíces de la planta del arroz limitan y retardan el crecimiento del añublo bacteriano, enfermedad que causa pérdidas de hasta el 80% en los cultivos. La aplicación conjunta de estas bacterias disminuyó notablemente el tamaño de las lesiones en los tallos, mejoró la absorción de nitrógeno y aumentó casi al doble el peso de los granos, lo que demuestra que es una alternativa viable a los pesticidas y fertilizantes.

El arroz no solo acompaña la comida, también representa el sustento diario de millones de personas en el mundo y es el segundo cultivo más importante para la seguridad alimentaria global después del trigo, con una producción anual cercana a los 543 millones de toneladas, según la FAO. En Colombia tiene un papel fundamental en la economía agrícola nacional y en la alimentación de las familias campesinas.

Sin embargo, la producción de este grano enfrenta un enemigo silencioso y devastador: Burkholderia glumae, una bacteria que invade el tallo donde se forman las espigas e impide que los granos se desarrollen. El resultado son espigas vacías, granos decolorados y cosechas que pueden perder hasta el 80% de su producción, especialmente en regiones cálidas y húmedas donde el patógeno prospera.

La solución más común para controlar el añublo bacteriano, enfermedad producida por dicho microorganismo, ha sido el uso de químicos y pesticidas, pero estos, además de contaminar fuentes hídricas, afectar la biodiversidad del suelo y generar riesgos para la salud de los agricultores, han perdido efectividad porque la bacteria ha aprendido a resistirlos.

Como alternativa para enfrentar la enfermedad, la investigadora Sandra Ximena Vivas Londoño, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, comprobó que 4 bacterias benéficas extraídas de las raíces del arroz atenúan los efectos del patógeno. Las plantas tratadas produjeron 24% más espiguillas, los granos casi duplicaron su peso, y tanto las panículas como las raíces fueron más robustas, lo que se tradujo en un mejor anclaje y una mayor capacidad de absorción de nutrientes.

Búsqueda de aliados microscópicos

El primer paso del estudio fue encontrar a los posibles aliados; para ello, la magíster recolectó 8 plantas de arroz totalmente sanas: 7 provenientes del municipio de Saldaña (Tolima) y 1 de Jamundí (Valle del Cauca), principales zonas arroceras de Colombia. En el laboratorio tomó muestras de las raíces, tallos, hoja y granos para aislar las bacterias que viven dentro de los tejidos de la planta, conocidas como bacterias endofíticas, las cuales no son dañinas, por el contrario, la mayoría tienen una relación de beneficio mutuo con la planta. Así, aisló 112 bacterias diferentes.

Luego, en placas de cultivo, enfrentó cada una de estas 112 muestras contra la bacteria B. glumae. Este proceso, conocido como “ensayos de enfrentamiento dual” se puede imaginar como una serie de duelos microscópicos en los que la mayoría de las bacterias extraídas no lograron detener el patógeno.

Sin embargo, 4 de ellas sí lo hicieron, formando una barrera de inhibición a su alrededor, lo que limitó el crecimiento de la bacteria, una clara señal de que producían sustancias que inhibían su desarrollo o competían por el espacio y los nutrientes de manera más efectiva.

Una vez evidenciado su potencial, el siguiente paso fue ponerles un nombre; para ello, la investigadora usó la observación microscópica para identificar cómo se veían sus colonias en una placa —forma, color y textura—, y notó que todas tenían forma de bastoncillo.

El paso siguiente fueron las pruebas bioquímicas para conocer los “gustos” de estas 4 bacterias. Usando unas tiras especiales que contienen 49 azúcares diferentes, analizó qué fuentes de alimento podrían consumir.

Posteriormente, al analizar su ADN, identificó a las aliadas: dos cepas de Priestia aryabhattai, una de Priestia megaterium y otra de Bacillus sp., géneros de bacterias reconocidos mundialmente por su capacidad para promover el crecimiento de las plantas y suprimir enfermedades.

Del laboratorio al invernadero

Con las bacterias ya identificadas, la investigadora estableció un experimento con múltiples grupos de plantas de arroz cultivadas en invernadero. Algunas semillas se trataron individualmente con cada una de las 4 bacterias, otras recibieron una mezcla o consorcio de las 4, otro grupo no recibió ningún tratamiento y un último grupo fue infectado con el patógeno sin ningún tipo de protección.

A los 21 días de germinación de estas plantas, la magíster infectó 3 grupos con la bacteria maligna para conocer y medir qué tan rápido se marchitaban las plantas, cuánto crecían las lesiones en los tallos y cuál era el rendimiento de la cosecha.

Después de 30 días evidenció que las plantas que recibieron el tratamiento con las bacterias benéficas no solo desarrollaron síntomas mucho más leves, sino que además mostraron un vigor y una salud general muy superiores.

La unión de las bacterias prodigiosas demostró ser la estrategia más efectiva. En estas plantas se retrasaron los síntomas de la enfermedad, la lesión en sus tallos fue en promedio 1,3 veces más pequeña que en las plantas que no tuvieron protección, y el peso de los granos aumentó casi el doble, versus el grupo de control.

También concluyó que este grupo de microorganismos benéficos ayudan a fijar el nitrógeno, que permite que la planta crezca con mayor vigor y rendimiento, pues las raíces fueron más robustas, lo que significa que podían absorber mejor los nutrientes y anclarse con más fuerza al suelo.

Tomate de árbol se ahoga en Boyacá, pero una hormona sería su “chaleco salvavidas”

* El tomate de árbol tendría un aliado sin precedentes que lo haría más resistente al invierno. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Lunes 24 de noviembre de 2025).- Cuando las lluvias arrecian en zonas de planicie como Boyacá, el tomate de árbol paga las consecuencias: las raíces se asfixian bajo el exceso de agua y hasta el 90% de los frutos se pierden. Ahora, científicos probaron que una hormona obtenida de flores actuaría como escudo protector manteniendo el crecimiento y las hojas incluso en plena temporada invernal.

En las montañas frías de Boyacá, Cundinamarca y Antioquia –principales regiones productoras de este fruto– las lluvias excesivas saturan el suelo y lo vuelven incapaz de drenar. Las raíces quedan atrapadas en un charco invisible y, sin oxígeno, empiezan a marchitarse como si se ahogaran bajo tierra. El desenlace es devastador: las hojas se tornan amarillas, los frutos se desprenden antes de madurar y las cosechas se pueden reducir drásticamente en cuestión de días.

La magnitud del problema se refleja en las cifras. Según la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), el país produce más de 150.000 toneladas de tomate de árbol al año, y departamentos como Boyacá concentran buena parte de esta producción. En épocas de lluvias intensas, incluidas las asociadas con el fenómeno de La Niña, las pérdidas se convierten en una verdadera pesadilla para cientos de familias campesinas que dependen de este fruto para su sustento.

Este fruto ha sido poco estudiado, en especial su capacidad para resistir las inundaciones del suelo, por lo que el investigador Diego Alejandro Gutiérrez Villamil, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se adentró en el problema describiendo el primer impacto: “con 4 de inundación la planta ya empieza a colapsar, y después de ese momento el daño es irreversible”.

Resistir con ayuda de una hormona

El experimento fue sencillo de diseñar, pero exigente en la práctica. En un ensayo a campo abierto en Tunja, el investigador sembró más de 20 plantas de tomate de árbol en materas y luego las sometió a inundación. Así comprobó que el cuarto día es el punto crítico: las raíces dejan de absorber agua y nutrientes, las plantas se asfixian y la fotosíntesis se interrumpe frenando por completo su crecimiento.

El propósito no era solo identificar el momento crítico, sino probar una salida. Así surgió la opción de los brasinoesteroides, una hormona vegetal presente de forma natural en las plantas, pero insuficiente en condiciones de inundación. Con su aplicación externa, el investigador Gutiérrez buscó estimular al tomate de árbol para que generara un escudo en sus hojas capaz de resistir los embates de las lluvias intensas.

La hormona regula el crecimiento de las plantas y tiene una historia particular: la primera vez que se aisló fue en los nabos –ingrediente clave del cocido boyacense– y también en distintas flores. En el experimento, el producto utilizado provenía de un fabricante que obtiene de ellas una concentración baja (0,1%), ya que conseguirla en estado puro resulta difícil y costoso.

Para evaluar su efecto, el magíster conformó dos grupos: uno sin tratamiento y otro al que aplicó brasinoesteroides en las hojas con dos dosis: 6,7 y 3 mililitros por litro, antes y 24 horas después de inundar las materas. Esto le permitió comparar la resistencia y recuperación de las plantas tratadas frente a aquellas que no recibieron ninguna ayuda.

Los resultados sorprendieron al investigador: mientras las plantas sin protección empezaban a marchitarse y perder vigor a los pocos días, las tratadas con la hormona lograron mantener sus hojas verdes, conservar la clorofila y seguir realizando fotosíntesis incluso bajo condiciones de estrés. Además, produjeron sustancias protectoras como la prolina, un aminoácido que actúa como escudo interno frente al ahogamiento.

El estudio fue dirigido y acompañado por el profesor Helber Enrique Balaguera López, de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL, y de Óscar Humberto Alvarado Sanabria, magíster en Ciencias Agrarias.

Hasta la raíz

La hormona permitió que el tomate de árbol no se hundiera del todo. Después de la inundación, las plantas tratadas se recuperaron más rápido y siguieron creciendo, algo que no ocurrió con las demás. Fue como darle un flotador a un nadador que lucha contra la corriente: el río sigue caudaloso, pero al menos tiene la oportunidad de llegar a la orilla.

“Actualmente los agricultores tratan de hacer zanjas para que el agua fluya y las plantas no se ahoguen, pero esto no siempre es efectivo. Por otro lado, algunos ya usan la hormona, pero sin saber cuáles son las concentraciones ideales o en qué momento aplicarla. El estudio es una guía para que lo hagan de manera correcta”, indica el investigador Gutiérrez.

Además de alimentar a miles de hogares, el tomate de árbol también se exporta: en 2022 llegaron cargamentos a Países Bajos, Canadá, Bélgica y Rusia. Su peso económico y cultural lo hace símbolo de la agricultura andina, pero también víctima del cambio climático, “que no solo eleva la temperatura, sino que en pocos días concentra lluvias que antes caían en un mes, seguidas de largas sequías”, señala el investigador.

Los científicos advierten que no se trata de una solución mágica. Falta probar la hormona en las raíces y medir su efecto, aunque allí el reto es mayor porque puede diluirse en el suelo y perder eficacia. Aun así, representa una pieza en el rompecabezas de la adaptación agrícola a las lluvias intensas. Lo ideal es combinar un buen manejo del agua con la aplicación estratégica de estas hormonas para obtener cultivos más resistentes.

“Aunque las hormonas aplicadas en las plantas no tienen impacto en la salud humana, para ellas sí son perjudiciales en concentraciones muy altas, pues impiden su crecimiento normal”, explica el experto.

En las montañas boyacenses, donde las lluvias golpean sin tregua y las nubes oscurecen los valles, los campesinos seguirán sembrando tomate de árbol con la esperanza de que sus frutos lleguen intactos a la cosecha. Quizá con la ayuda de esta hormona “salvavidas”, tengan más posibilidades de ganar la batalla contra el exceso de agua que amenaza sus huertas.

Estiércol de cerdo y bacterias, aliados para la producción sostenible de fertilizantes

* Microorganismos alimentados con ácidos del estiércol porcino impulsaron el crecimiento del tomate en suelo e hidroponía. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Miércoles 19 de noviembre de 2025).- Colombia importa grandes volúmenes de fertilizantes sintéticos, de los cuales se aplican en los cultivos cerca de 392,5 kg por hectárea, una práctica costosa que además deja fuertes huellas ambientales. En contraste, el estiércol de cerdo —uno de los residuos agroindustriales más abundantes y ricos en carbono— suele desecharse sin aprovechamiento, pese a su potencial como insumo. Cuando este se descompone de forma controlada libera moléculas que actúan como fuente de energía para bacterias que pueden fijar nitrógeno de manera natural y favorecer el crecimiento de los cultivos.

Es urgente hacer un cambio, ya que hasta el 50% del nitrógeno aplicado se pierde en el suelo, y las emisiones de óxido nitroso —un gas 300 veces más potente que el CO₂— siguen en aumento. A esto se suma que desde 2020 los precios de los fertilizantes han aumentado más del 300% debido a la crisis de insumos provocada por la pandemia de Covid-19, un impacto fuerte para los productores.

En este contexto, convertir los ácidos derivados del estiércol porcino en alimento para bacterias fijadoras de nitrógeno abre una ruta sostenible para producir una alternativa biológica, reducir costos y disminuir la contaminación asociada tanto con el uso de químicos como con los 55 billones de toneladas de residuos animales que se generan cada año.

Frente a este crítico panorama es necesario buscar soluciones en los procesos y organismos naturales, y en esa línea la investigación realizada por Nicolás Rodríguez Romero, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, en conjunto con la Universidad del Valle, extrajo ácidos grasos volátiles del estiércol de cerdo y los convirtió en el alimento de comunidades microbianas capaces de fijar nitrógeno en las raíces del tomate.

Selección natural en pro de la abundancia

La fijación de nitrógeno es el segundo proceso biológico más importante para sostener la vida en el planeta, por lo que el punto de partida fue aislar microorganismos capaces de realizarla de manera eficiente. Estas bacterias funcionan mejor cuando actúan en comunidad, pues juntas potencian su capacidad para producir biofertilizantes.

En lugar del camino tradicional de trabajar con cepas aisladas, el investigador implementó un método de ingeniería de microbiomas, partiendo de una muestra de suelo rica en biodiversidad microbiana. A partir de allí se creó un sistema en donde solo podían prosperar los organismos capaces de fijar nitrógeno.

Durante 6 semanas los microorganismos se expusieron en biorreactores a condiciones altamente selectivas. El medio de cultivo incluía los ácidos grasos volátiles como única fuente de carbono y el aire como la única fuente de nitrógeno, una configuración que generó una presión evolutiva intensa, ya que allí solo sobrevivieron y se multiplicaron las bacterias capaces de consumir los ácidos grasos y fijar nitrógeno atmosférico al mismo tiempo.

El monitoreo reveló una especie de selección natural en miniatura. Semana tras semana, el magíster registró la disminución de los ácidos grasos y el aumento de nitrógeno disponible. “La desaparición de los ácidos grasos nos indicaba que estaban siendo consumidos, mientras que el aumento de nitrógeno en el medio nos confirmaba que la fijación biológica estaba ocurriendo de manera efectiva”, señala.

Las comunidades obtenidas lograron usar los ácidos grasos volátiles como alimento y aumentaron en 76 % su capacidad de fijación de nitrógeno, lo que se reflejó en un mejor crecimiento del tomate tanto en hidroponía como en suelo, frente a las plantas que no recibieron el tratamiento microbiano.

Además del seguimiento a los ácidos grasos y al nitrógeno total, se evaluó el desempeño de las comunidades en diferentes diluciones, se comparó su respuesta frente a mezclas de ácidos grasos volátiles (AGVs) tanto sintéticos como provenientes del estiércol, y se midió el nitrógeno acumulado en el sobrenadante, que alcanzó valores de hasta 9,8 mg·mL⁻¹.

Las pruebas en invernadero confirmaron que la inoculación modificó la composición microbiana de la rizosfera y mejoró la producción, equiparando resultados obtenidos con fertilización química convencional.

El análisis de estas comunidades reveló 3 géneros bacterianos dominantes: Taibaiella, Aureimonas y Sinirhodobacter, poco comunes en biofertilizantes comerciales y con un potencial biotecnológico aún por explorar. Para identificarlos, se extrajo ADN de los cultivos, se secuenció y se realizó un análisis bioinformático a partir del efluente de los reactores, procedimiento aplicado específicamente a los tratamientos con mezclas de AGVs de cerdo y AGVs sintéticos.

Este análisis permitió detectar taxones poco conocidos asociados con la fijación de nitrógeno y sugirió interacciones sinérgicas en la comunidad, un comportamiento compatible con el aumento de pH (acidez) y la mayor disponibilidad de nitrógeno observada durante el proceso.

Otro hallazgo fundamental fue el comportamiento “social” de estas comunidades al interactuar con la planta. “El tomate no aceptaba a toda la comunidad, sino que, través de señales químicas, seleccionaba activamente a los microorganismos más compatibles con su fisiología, estableciendo una simbiosis personalizada”, explica el investigador. Este proceso sugiere que cada cultivo podría elegir sus propios socios microbianos ideales, abriendo la puerta a biofertilizantes ajustados a las necesidades de cada planta.

De desechos orgánicos a alimento microbiano

Una vez la comunidad estaba establecida, había que buscar su alimento. Por eso, el punto de partida para obtener esos ácidos fue la digestión anaerobia realizada con el estiércol, un proceso que, en condiciones sin oxígeno, descompone la materia orgánica. De esto se obtiene biogás, pero también ácidos grasos ricos en moléculas conocidas como el acético, propiónico y butírico, “compuestos ricos energéticamente para el metabolismo microbiano”, explica el investigador Rodríguez.

El líquido resultante, rico en estos compuestos, pero aún con una composición compleja y presencia de sólidos, se sometió a un proceso de filtración y centrifugación para eliminar impurezas y partículas mayores. El resultado fue un licor que contenía la mezcla de ácidos, y para hacerlo aún más puro, el investigador implementó una fase de destilación, un método de separación que aprovecha los diferentes puntos de ebullición para generar una evaporación controlada de los componentes volátiles.

El producto final fue un sustrato líquido rico en carbono que constituyó la base del medio de cultivo para las comunidades microbianas. Esta transformación no solo resuelve un problema ambiental al darle un uso de alto valor a un desecho, sino que además reduce drásticamente los costos potenciales de producción del biofertilizante, ya que el sustrato principal proviene de una fuente gratuita y abundante.

Cáscara de pitahaya, de residuo a fuente de fibra en polvo para suplementos dietarios

* El polvo de la cáscara de pitahaya es rico en fibra y antioxidantes. Foto Cortesía: Alejandra Mesa González, magíster en Ciencia y Tecnología de Alimentos de la UNAL Sede Medellín.

Agricultura & Ganadería

(UN – Miércoles 12 de noviembre de 2025).- Lo que hasta hace poco terminaba en la basura, ahora se convertiría en un nuevo ingrediente para la industria alimentaria, especialmente para el creciente mercado de los suplementos. Una investigación de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín demostró que la cáscara de la pitahaya amarilla concentra compuestos naturales que permiten producir suplementos ricos en fibra y antioxidantes, ideales para mejorar la digestión y aprovechar mejor los alimentos.

El aporte de Alejandra Mesa González, magíster en Ciencia y Tecnología de Alimentos, apunta en dos direcciones: responder a la creciente demanda de suplementos naturales, y al mismo tiempo ofrecer una salida sostenible al desperdicio de residuos frutales. En los últimos años el interés por productos elaborados con ingredientes vegetales se ha disparado, impulsado por consumidores que buscan opciones más saludables y con menor impacto ambiental.

En ese contexto, la cáscara de la pitahaya amarilla —que representa cerca del 30% del peso total del fruto y suele terminar en la basura— surge como una alternativa viable para aprovechar su alto contenido de fibra dietaria y antioxidantes naturales, sustancias que protegen las células del cuerpo frente al envejecimiento y las enfermedades.

Además, la elección de esta fruta no es casual. En Colombia la pitahaya se ha convertido en uno de los cultivos tropicales con mayor potencial por su resistencia a altas temperaturas y largos periodos de sequía, características que la hacen ideal frente al cambio climático, por eso su cultivo ha ganado fuerza en Magdalena, Tolima y Huila, en donde se concentra gran parte de la producción nacional. Según el DANE, en 2022 las exportaciones alcanzaron las 470 toneladas.

Un hallazgo con sabor a innovación

Todo comenzó con una observación cotidiana. En la empresa donde trabajaba, la investigadora veía cómo cada semana se desechaban kilos de pitahaya sin aprovechar. Esa situación despertó su curiosidad y la motivó a estudiar las propiedades de la cáscara en el Laboratorio de Frutas y Hortalizas de la UNAL Sede Medellín, con el propósito de transformarla en una harina con valor nutritivo y potencial uso en la industria alimentaria. Allí, las frutas se desinfectaron y despulparon para determinar el porcentaje de cáscara aprovechable, primer paso en el proceso de caracterización del residuo.

En la siguiente etapa, las cáscaras se sometieron a dos métodos de secado para obtener la harina; aunque en ambos casos la temperatura fue de 70 °C, los procedimientos fueron distintos. El primero, “secado convectivo”, se realizó en un horno convencional con capacidad máxima de 80 kilos, en donde se deshidrataron lotes de hasta 4 kilos de cáscara distribuidos en bandejas durante 24 horas, hasta lograr una humedad cercana al 4%.

Para el segundo método, “ventana refractiva”, se empleó un sistema de calentamiento indirecto y circulación de aire que reduce el tiempo de exposición al calor. Para este proceso se trabajaron varios lotes de 130 gramos de cáscara congelada, mezclados con 70 mililitros de agua hasta obtener una pasta uniforme; luego se extendió sobre bandejas una capa de 2 milímetros de espesor y se deshidrató durante 4 horas en un secador con extractor de aire.

El análisis mostró que el método sí influye directamente en la cantidad de compuestos bioactivos que se conservan. Aunque ambos procesos reducen el contenido de carotenoides —los pigmentos responsables del color amarillo y del efecto antioxidante—, la técnica de ventana refractiva logró mantener más antioxidantes y una textura más fina y fluida en el polvo final, mientras el secado en horno retuvo una mayor cantidad de flavonoides, también conocidos por su papel en la protección celular y en la prevención de enfermedades.

Una vez finalizado el proceso, las cáscaras deshidratadas se molieron hasta obtener un polvo de partículas uniformes. El análisis de sus propiedades físicas reveló que la harina obtenida con ventana refractiva presenta mejor fluidez y compactación, cualidades que facilitan su uso posterior en la fabricación de tabletas o cápsulas y mejoran su absorción en el organismo.

Los resultados confirman que la cáscara de pitahaya amarilla es mucho más que un residuo agrícola. La harina obtenida concentra alrededor de 64 gramos de fibra por cada 100 gramos de producto seco, una cantidad que supera los mínimos internacionales para considerarse como una excelente fuente de fibra.

Así, la investigación demuestra que, con el método de secado adecuado, es posible transformar un desecho en un insumo nutritivo y sostenible, con beneficios tanto para la salud como para el aprovechamiento responsable de los recursos agrícolas.

Cinco tipos de papa criolla usan mejor el nitrógeno del suelo

* Algunos tipos de papa criolla aprovechan mejor el nitrógeno para crecer sanas y fuertes. Foto Cortesía: Aura Natalia Jiménez Medrano, magíster en Ciencias Agrarias de la UNAL.

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(UN – Lunes 27 de octubre de 2025).- La papa criolla no solo es amarilla y redonda, también puede ser morada, alargada y ovalada. Pero sus diferencias no se quedan en la apariencia o el sabor. Un estudio realizado en invernadero reveló que algunas variedades logran usar con mayor eficiencia el nitrógeno del suelo, nutriente esencial para su crecimiento. Tras analizar más de 100 tipos genéticos, una experta en Ciencias Agrarias identificó 5 genotipos con mejor aprovechamiento de este elemento y 3 genes que explicarían esa capacidad, un avance que ayudaría a reducir el uso de fertilizantes.

“El problema con los fertilizantes nitrogenados en el país es que los cultivadores aplican demasiado en sus cultivos de papa”, explica la ingeniera agrónoma Aura Natalia Jiménez Medrano, magíster en Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien ha estudiado de cerca este tema, especialmente en la papa criolla del tipo Phureja o “yema de huevo”, la variedad amarilla tradicional que suele acompañar el ajíaco o las picadas.

Según la experta, durante la cocción o fritura el exceso de nitrógeno en los tubérculos puede favorecer la formación de acrilamidas, compuestos que en altas concentraciones se han asociado con efectos carcinogénicos a largo plazo.

Además del impacto en la salud, el uso desmedido de fertilizantes también afecta los ecosistemas. Aunque en Colombia no se ha determinado con precisión cuánto nitrógeno termina en ríos, lagunas o embalses, sí se sabe que contribuye a la eutrofización, proceso en el que las algas proliferan excesivamente y consumen el oxígeno disponible afectando a los peces y otras especies. Muchos cultivos de papa están cerca de zonas de páramo, en donde ya se han documentado alteraciones por el exceso de este elemento, aunque aún faltan estudios detallados sobre su magnitud.

En Europa existen regulaciones estrictas sobre el contenido de nitratos en la papa, sobre todo en las variedades tetraploides (con cuatro pares de cromosomas), similares a la pastusa o la sabanera cultivadas en Colombia. En el país no existe tal control y la papa criolla (diplode) ha estado rezagada respecto a esta problemática.

Consciente de la necesidad de reducir el uso de fertilizantes —que puede alcanzar hasta 250 kilogramos por hectárea en cada cultivo de papa criolla—, la magíster realizó un experimento con más de 100 tipos genéticos de la colección de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNAL, con ejemplares de distintos tamaños, colores y formas.

El objetivo fue determinar cuáles aprovechan mejor el nitrógeno, pues hasta ahora se ha comprobado que las papas criollas solo absorben en promedio cerca del 50 % del nitrógeno aplicado al suelo, lo que pone en entredicho la práctica de usar más fertilizante para compensar las pérdidas.

Las variedades del futuro


Durante varios meses, la investigadora cultivó en macetas cientos de plantas de papa criolla en condiciones controladas, dentro de un invernadero. Allí recreó dos escenarios: uno con 0,56 gramos de nitrógeno (tratamiento bajo) por cada planta (bajo suministro) y otro con 1,78 gramos de nitrógeno aproximadamente (alto suministro); es como si pusiera a unas plantas a comer poco y a otras a comer mucho. El objetivo era observar cuáles seguían creciendo fuertes aun con menos fertilizante.

Cada planta se evaluó como si fuera un paciente en un chequeo médico: se midió el contenido de clorofila de las hojas, el tamaño, el número de tubérculos, el contenido de nitrógeno y carbono en sus tejidos, y los índices de la utilización del nitrógeno, variables que permitieron determinar qué tan “eficiente” era cada una en el uso del nutriente.

“Al aumentar el fertilizante los tubérculos no crecían más, el nitrógeno se desperdiciaba en exceso de follaje, confirmando que más no siempre es mejor. Sin embargo, 5 genotipos de papa criolla mantuvieron un desarrollo saludable de tubérculos y raíces, pese a la escasez de nitrógeno, señal de un uso más eficiente del nutriente”, explica la ingeniera.

En total midió más de 10 características fisiológicas y químicas, entre ellas contenido de clorofila en las hojas, biomasa, número de tubérculos, y contenido de nitrógeno y carbono en tubérculos y hojas. Las plantas que usaban mejor el nitrógeno en su organismo tuvieron más clorofila y contenido de nitrógeno en tejidos, y la producción de tubérculos superó el promedio del resto de las plantas.

La respuesta está en el ADN


Para entender esta capacidad, en el Laboratorio de Biología Molecular la magíster extrajo el ADN de las hojas jóvenes y aplicó técnicas de amplificación por PCR (reacción en cadena de la polimerasa) y halló 3 genes esenciales: AMT1.1, que transporta el nitrógeno desde el suelo; 2-OGD, una enzima que lo convierte en aminoácidos y proteínas; y PPR, que regula el metabolismo y ayuda a la planta a responder al estrés por falta de nutrientes.

Estos genes, que presentaron marcadores moleculares asociados con el “uso eficiente del nitrógeno”, se convierten ahora en una herramienta para los programas de mejoramiento de papa en Colombia. En el futuro se podrían usar para seleccionar o cruzar variedades criollas más eficientes, capaces de crecer con menos fertilizante sin perder productividad.

Los datos se obtuvieron con un medidor SPAD-502, el cual registra la clorofila en las hojas, un analizador elemental por combustión (método Dumas) para medir carbono y nitrógeno en tubérculos, tallos y hojas, y calculó la biomasa total pesando las plantas tras secarlas a temperatura controlada.

Más allá de los datos de laboratorio, el trabajo apunta a algo profundamente humano: mejorar la vida tanto de quienes cultivan la papa como del consumidor final. Si las variedades criollas más eficientes llegan a los campos, los agricultores reducirían el uso de fertilizantes hasta en un tercio, gastarían menos dinero y evitarían que los suelos y las fuentes de agua se sigan deteriorando.

Cada avance cuenta en un país que produce más de 2,5 millones de toneladas de papa al año, según datos de la Federación Colombiana de Productores de Papa. Los genotipos eficientes en el uso del nitrógeno transformarían los cultivos de Boyacá, Cundinamarca, Nariño y Antioquia, reduciendo el gasto en fertilizantes y el daño ambiental. Sembrar con ciencia también es sembrar futuro, porque detrás de cada papa criolla está la historia y el trabajo de miles de familias que hacen posible la alimentación diaria de los colombianos.

Lanzan nueva variedad de arroz en Colombia

* Una investigación conjunta entre varias organizaciones de investigación y empresas del agro permitió desarrollar una nueva variedad de arroz resistente a herbicidas, que facilita un control más eficiente de la maleza conocida como arroz rojo, mejorando la productividad del cultivo.

Agricultura & Ganadería

(ABI-CIAT – Miércoles 15 de octubre de 2025).- La Alianza de Bioversity International y el CIAT, en colaboración con Semillas del Huila y BASF Soluciones para la Agricultura, desarrollaron en Colombia la variedad Sicalis SH CL para el Sistema de Producción de arroz Clearfield®, reconocido por su eficacia en el manejo sostenible de malezas. El resultado es una semilla certificada, confiable y de alta calidad, que conserva las características de las variedades locales preferidas por los agricultores, incorporando además resistencia a herbicidas.

El arroz es un alimento básico para millones de personas y un motor económico en Colombia. Sin embargo, la expansión de malezas amenaza la productividad y eleva los costos para los productores. Con esta innovación, los agricultores podrán controlar el arroz rojo de forma más eficaz, reducir pérdidas y proteger la rentabilidad de sus cultivos.

Un esfuerzo conjunto para el campo

Desde hace más de 50 años, la Alianza Bioversity & CIAT lidera la investigación en arroz para América Latina y el Caribe. En este proyecto unió capacidades y esfuerzos con Semillas del Huila, empresa colombiana que comercializa variedades de alto rendimiento como Yacúa y Tucano y BASF, compañía global que desarrolló la tecnología Clearfield®, la cual fue incorporada en campo a través del mejoramiento genético convencional.

“El proceso fue diseñado para conservar al máximo las características de las variedades que los agricultores ya conocen, incorporando únicamente la resistencia a herbicidas. Como Alianza, nuestra misión es acercar ciencia y tecnología de punta a los productores locales, haciendo que innovaciones como esta se vuelvan más accesibles y útiles al adaptarlas al contexto de cada país”, explicó Paola Andrea Mosquera, líder de mejoramiento del programa de investigación en Arroz de la Alianza.

Impacto regional

Los nuevos materiales fueron validados en distintos ambientes de Colombia, demostrando su buen desempeño agronómico en zonas productoras clave. Para los agricultores, representan una solución

práctica frente al desafío de las malezas, sin renunciar a variedades que ya han demostrado productividad y adaptabilidad en sus territorios.

“Llevo cerca de dos años trabajando con semillas certificadas, en coordinación con los agrónomos de Semillas del Huila y los resultados han sido muy buenos. Esta ya es mi segunda cosecha con la nueva

variedad y he tenido una excelente producción, entre 140 y 150 bultos por hectárea, y al mismo tiempo me ha permitido ahorrar en fumigaciones y obtener un arroz de mejor calidad”, destacó Hernán Silva, productor de la vereda Vilú, en Yaguará, Huila.

Además de Colombia, las nuevas variedades se han validado en Perú, Panamá y República Dominicana con resultados positivos, lo que abre la posibilidad de beneficiar a agricultores de toda la región y contribuir en el futuro a reforzar la seguridad alimentaria en América Latina y el Caribe.

La nueva variedad, llamada Sicalis SH CL, estará disponible en el mercado con el respaldo de buenas prácticas agrícolas que aseguran su durabilidad, como la rotación de cultivos y el uso responsable de herbicidas, recomendados para el Sistema de producción Clearfield®.

“Estamos seguros de que esta nueva variedad, se convertirá en una herramienta muy eficaz para enfrenar desafíos de productividad, rentabilidad, control de arroz rojo y otras malezas de difícil manejo en la producción de arroz. Hemos creado una alianza entre BASF, Semillas del Huila y la Organización Roa Florhuila (ORF), empresa colombiana, molinera y distribuidora de insumos, con el fin de llevar la tecnología de una manera eficiente y oportuna a los agricultores en las diferentes zonas arroceras del país”, comentó Carlos Campos, Líder del Sistema de Cultivo Arroz para la región Latinoamérica Pacífico en BASF Soluciones para la Agricultura.

El desarrollo tecnológico que se ofrece con la nueva semilla, suma las bondades y beneficios de un germoplasma altamente productivo con la resistencia a herbicidas, usando técnicas avanzadas de mejoramiento con el fin de garantizar la estabilidad de la semilla y los beneficios en los diferentes zonas agroecológicas, y requiere que los agricultores manejen el cultivo dentro de los parámetros de las Buenas Prácticas Agrícolas que incluyen la rotación de cultivos y el manejo responsable de los herbicidas para garantizar la sostenibilidad de la tecnología en el tiempo, concluyó Luis Fernando Martínez, Director de BASF Soluciones para la Agricultura Latinoamérica Pacífico.

Colombia apuesta por semillas autorizadas para fortalecer seguridad alimentaria y productividad agropecuaria

* En Colombia hay solo 15 cultivos con semillas certificadas y más de 1.000 especies clasificadas como semillas seleccionadas, entre las que están hortalizas, flores, aromáticas, forestales, entre otros cultivos.

* En el país, aún hay cultivos que utilizan muy bajas cantidades de semillas autorizadas.

* La ilegalidad y la piratería en el uso de semillas (muchas veces de origen dudoso) compromete la sanidad vegetal, reduce los rendimientos y expone al productor a pérdidas irreversibles.

Agricultura & Ganadería

(Acosemillas – Lunes 13 de octubre de 2025).- En un contexto de cambio climático, presiones sobre los recursos naturales y aparición de nuevas plagas, el uso de semillas se consolida como la base de la competitividad agrícola y la seguridad alimentaria del país. Así lo destacó la Asociación Colombiana de Semillas y Biotecnología (Acosemillas), que reiteró la importancia de fortalecer la legalidad y la innovación en este sector.

Leonardo Ariza Ramírez, gerente general de Acosemillas, afirma que toda mejora en productividad, innovación y competitividad comienza con la calidad de la semilla. “Sin semillas legales y de calidad, adaptadas a nuestras realidades regionales, no hay producción sostenible, ni seguridad alimentaria”, comentó.

Datos que respaldan el cambio

En Colombia hay más de 1.000 especies clasificadas como semillas seleccionadas, entre hortalizas, flores, aromáticas y otros cultivos.

Según cifras del ICA para 2024, se sembraron más de 460.000 hectáreas de maíz, 500.000 de arroz y 50.000 de soya, alcanzando una producción que supera los seis millones de toneladas en estos tres cultivos estratégicos, que todos corresponden a semilla certificada.

Infortunadamente, aún hay cultivos que utilizan muy bajas cantidades de semillas certificadas. Por ejemplo, en cultivos de papa solo se utiliza el 10% en 109.000 hectáreas; soya solo usa 12% de semillas certificadas en las 93.200 hectáreas sembradas; por su parte la semilla de arroz certificada es sembrada solo en un 22 % en las 631.071 hectáreas de este cultivo. El maíz y el algodón, en cambio, si utilizan un porcentaje alto de semillas certificadas con un 87,5% de las 342.966 hectáreas sembradas del cereal (tecnificado 95% y tradicional 80%) y un 80% en las 12.000 hectáreas en 2024.

En la dimensión de producción nacional vs importación, se reporta que alrededor del 85% de las semillas certificadas son producidas por empresas nacionales, según datos del Ministerio de Agricultura. El resto proviene de importaciones. Esto refleja el esfuerzo del sector semillero colombiano por consolidar una industria nacional robusta, con capacidad de abastecer la mayoría de la demanda interna. El restante 15% de semillas importadas suele corresponder a variedades especializadas, híbridos o tecnologías que aún no se desarrollan localmente. Este equilibrio entre producción nacional e importación es clave para la soberanía alimentaria, la adaptación al cambio climático y la competitividad agrícola.

Que no se frene el desarrollo del agro

Desde Acosemillas se ha detectado un acceso desigual a la innovación, porque pequeños agricultores siguen excluidos del acceso a semillas certificadas y tecnologías de punta. La brecha no es técnica: es estructural. Y cerrar esa brecha es una decisión política.

“Por su parte, la ilegalidad y la piratería en el uso de semillas (muchas veces de origen dudoso) compromete la sanidad vegetal, reduce los rendimientos y expone al productor a pérdidas irreversibles. La informalidad no puede seguir siendo la norma”, recalca el dirigente gremial.

Por el lado del cambio climático y otras amenazas como las sequías prolongadas, lluvias extremas y algunas plagas emergentes se están reescribiendo las reglas del juego. La única respuesta viable es acelerar el desarrollo y adopción de variedades resilientes, adaptativas y saludables.

Además, la ausencia de reglas claras, la debilidad en la protección de la propiedad intelectual y la falta de incentivos a la investigación limitan la competitividad del sector. “Insistimos en que la innovación necesita un marco moderno, estable y confiable.”, acotó el directivo de la Asociación.

Es por eso que Acosemillas propone una hoja de ruta con algunas prioridades estratégicas como el hecho de ampliar el acceso a la innovación, democratizar el uso de semillas autorizadas (y las que tienen biotecnología), lo que garantizará que ningún agricultor quede rezagado. “Pretendemos fortalecer la legalidad y la transparencia, combatir la piratería, dignificar el comercio de semillas y proteger al productor con información clara y trazabilidad”, asegura Ariza Ramírez.

Y por último y no menos importante, debemos estimular la inversión, proteger el conocimiento y articular al Estado, la academia y el sector privado en una visión compartida.

El ICA, por su parte, ha exhortado a los agricultores a comprar semillas e insumos agropecuarios en establecimientos con registro oficial, a consultar las resoluciones que fijan las fechas de venta y de siembra autorizadas.

“Con semillas autorizadas se pueden lograr rendimientos significativamente más altos, mejor resistencia a enfermedades y plagas y mayor eficiencia en el uso de recursos como agua o insumos”, destacó Ariza Ramírez.

Por ejemplo, con la siembra de semillas mejoradas este año, se espera superar los niveles de producción alcanzados en 2024, adelantándose a una temporada agrícola crítica.

Así mismo, se encuentra latente la oportunidad de posicionar a Colombia como referente regional en producción agraria sostenible, aprovechando su diversidad de suelos, climas y ecosistemas, si se fortalecen los mecanismos de innovación, legalidad y apoyo al agricultor.

La coexistencia de semillas, promovida por el gremio, destaca la armoniosa convivencia en un mismo sistema productivo de semillas nativas y criollas (con resistencia y adaptación local), semillas mejoradas por métodos convencionales, y otras variedades con biotecnología, para mayor rendimiento). El objetivo es asegurar la seguridad alimentaria y la sostenibilidad de los cultivos, permitiendo a los agricultores elegir y usar el tipo de semilla más adecuado para sus necesidades, ya sea para producción orgánica o agroindustrial.

La digitalización, la fórmula para mejorar la trazabilidad en el agro

* Representantes de las agtechs propusieron ejes estratégicos para impulsar la transformación digital del agro en las Américas.

Agricultura & Ganadería

(IICA – Martes 30 de septiembre de 2025).- El análisis de la digitalización como herramienta fundamental para mejorar la trazabilidad, aumentar la eficiencia en la producción y avanzar hacia un agro más sostenible y competitivo fue el común denominador de la IV Semana de la Agricultura Digital, que se celebró en la Sede central del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), en Costa Rica.

Durante la jornada las 21 empresas dedicadas a la tecnología agrícola (agtechs) que participaron se dedicaron a mostrar cómo la innovación y la tecnología pueden transformar el sector agroalimentario, pues reafirmaron que la adopción de tecnologías digitales es urgente y estratégica para enfrentar los desafíos del sector y garantizar alimentos más saludables para la población.

Por Colombia participaron las empresas de base tecnológica Imix Latam, Crédito Digital Interactuar y Tecde.ai. Además de las tecnologías presentadas, se logró un diálogo con fondos de inversión y plataformas de inversión especializados en agrotecnología, los cuales presentaron sus modelos de financiamiento y compartieron experiencias sobre cómo escalar soluciones digitales en la agricultura de la región.

Esto fue durante el panel ‘Puentes de inversión para la innovación agtechs’, los voceros de dichas organizaciones destacaron el papel de estas en la transformación del sector agropecuario y explicaron cómo empresas nuevas pueden acceder a financiamiento para crecer, generar impacto y contribuir a la digitalización del campo.

Entre las participantes se destacaron Danta Fund, SP Ventures, BID Lab, Unidad de Capital de Riesgo e Inversión, The Yield Lab para Latam; Incofin Investment Management, Activa-CATIE y Brumas Venture Capital.

Los expertos coincidieron en la necesidad de impulsar puentes de inversión en el ecosistema AgTech de las Américas, concebidos como mecanismos de articulación entre actores clave como gobiernos, instituciones financieras, startups, centros de investigación y organismos de cooperación, de modo que permitan crear entornos propicios para que tecnologías como inteligencia artificial, sensores remotos, blockchain y big data, entre otras, lleguen efectivamente a los productores rurales.

La Semana de la Agricultura Digital es el principal espacio regional de encuentro sobre innovación digital aplicada al agro y es organizada por el IICA junto a aliados estratégicos como BID, CAF, Bayer, Procisur, la Universidad de Córdoba y AWS.

Durante cuatro días, se desarrollan presentaciones magistrales, paneles temáticos, exposiciones de soluciones tecnológicas, eventos paralelos y espacios de networking que reúnen a AgTechs, decisores políticos, fondos de inversión, aceleradoras, institutos de investigación, organismos internacionales y empresas del agro y la tecnología.

Como conclusiones, durante el encuentro, los representantes de las agtechs propusieron ejes estratégicos para impulsar la transformación digital del agro en las Américas. Algunas de las acciones serían, entre otras, el desarrollo de un repositorio regional de soluciones tecnológicas, la creación de un foro político-técnico permanente con el IICA y los ministros del agro de los países miembros y la construcción de una plataforma de comercio electrónico (Marketplace) regional que conecte emprendimientos con inversionistas y fondos multilaterales.

Por su parte, los expertos reunidos en varios paneles coincidieron en que la digitalización del agro debe ser impulsada por políticas públicas para enfrentar los desafíos del sector y que se debe trabajar de manera colaborativa, coordinando e integrando acciones.

A través de este evento, el IICA promueve espacios para el desarrollo rural sostenible, promoviendo la inversión estratégica en innovación de agrotecnologías como motor de competitividad, resiliencia climática e inclusión en el sector agropecuario.

Soya, maíz y tabaco transgénicos se cultivan con sello UNAL

Los transgénicos permiten cultivos más resistentes y sostenibles. Foto Cortesía: Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Lunes 23 de junio de 2025).- Durante años los alimentos transgénicos han estado en el centro de un debate marcado por temores sobre posibles efectos en la salud y cuestionamientos por el control que ejercen algunas multinacionales sobre su producción. Sin embargo, la evidencia científica acumulada señala que esta tecnología es segura y que su potencial va mucho más allá de la agricultura, ya que permite avances en investigación médica, producción de vacunas, materias primas industriales y desarrollo de nuevos materiales como los bioplásticos.

Hoy Colombia no solo consume estas tecnologías, sino que además las produce localmente con libertad de operación, es decir sin infringir patentes vigentes. Así lo demuestra el trabajo del grupo Ingeniería Genética de Plantas (IGP) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), que ya ha desarrollado tres variedades transgénicas nacionales: soya, maíz y tabaco modificado con fines industriales.

En el país el vencimiento de varias patentes ha abierto la puerta para que grupos de investigación como el IGP desarrollen sus propias semillas, libres de restricciones comerciales. “No se trata de una tecnología cerrada o inalcanzable. Hoy tenemos en el país tres plantas transformadas con libertad de operación, es decir que se podrían cultivar y aprovechar sin depender de licencias extranjeras”, explica el profesor Felipe Sarmiento, del Departamento de Biología, uno de los investigadores del grupo.

Uno de los principales temores en torno a los transgénicos ha sido su posible relación con alergias o alteraciones metabólicas. Sin embargo, estudios realizados con animales alimentados con maíz o soya transgénica, incluso bajo exposición a herbicidas como el glifosato, no han mostrado diferencias frente a los alimentos convencionales. Tampoco se ha evidenciado transferencia de material genético a organismos consumidores.

“Llevamos más de 40 años comiendo maíz transgénico sin que se haya documentado un solo efecto adverso directamente atribuible a esta tecnología”, aclara el experto.

En Colombia el 36% del maíz y casi el 100% del algodón sembrados corresponden a variedades transgénicas. En menor escala también se cultiva soya modificada genéticamente, y hay flores transgénicas de exportación. Más allá de los cultivos comerciales, las plantas transgénicas han sido fundamentales para la investigación biológica, ayudando a entender funciones genéticas, producir proteínas para vacunas o generar compuestos industriales. Un ejemplo innovador es una planta de tabaco desarrollada por la UNAL para producir bioplásticos a partir de una proteína vegetal transformada.

Hasta hace poco el mercado global de semillas transgénicas estaba dominado por empresas como Bayer-Monsanto, Corteva, Syngenta o BASF, que protegían sus tecnologías mediante patentes estrictas. Sin embargo, muchas de esas patentes han empezado a vencer, y eso les ha permitido a investigadores colombianos aprovechar el conocimiento disponible para generar variedades propias.

Por ejemplo, en alianza con Fenalce, la UNAL desarrolló una soya resistente al glifosato, diseñada para contener la mínima cantidad de elementos patentados y validada con estudios de libertad de operación. También se trabaja con un maíz cuya patente venció, usado como base para nuevos cruzamientos.

“Eliminar esta tecnología por miedo sería un error. Ya hemos demostrado que es posible usarla de forma responsable, segura y soberana”, concluye el investigador Sarmiento. La apuesta ahora es por impulsar nuevas ideas que conecten la biotecnología con las necesidades del país, desde cultivos más resistentes hasta cadenas productivas sostenibles.

Colombia cultivará cáñamo industrial en zonas de posconflicto

* El cáñamo está experimentando un crecimiento notable en el mercado colombiano. Foto Cortesía: Archivo Unimedios.

Agricultura & Ganadería

(UN – Miércoles 28 de mayo de 2025).- Promover actividades productivas lícitas y sostenibles en territorios históricamente afectados por el conflicto armado es el eje de un nuevo proyecto que busca consolidar la industria del cáñamo industrial en Nariño, Cauca y Valle del Cauca. La iniciativa, liderada por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) y la Universidad Santo Tomás, se enfocará en crear una alternativa económica legal en estas regiones del suroccidente colombiano.

La iniciativa busca establecer un modelo de producción legal, sostenible y rentable del cáñamo (variedad de Cannabis sativa cultivado con fines industriales) como alternativa para reducir la violencia y promover sociedades más seguras y equitativas. Para ello contempla instalar dos plantas de transformación vegetal y un aula rural interactiva equipada con tecnologías limpias, en la que se capacitará a las comunidades en el aprovechamiento productivo de esta fibra con alto potencial económico.

Con aplicaciones en industrias como la textil, la construcción, los biocombustibles y los productos alimenticios, el cáñamo está experimentando un crecimiento significativo en el mundo. Según un informe de IMARC Group, firma internacional de análisis de mercado, su mercado alcanzó los 5.400 millones de dólares en 2023 y se proyecta que en 2032 llegue a 19.700 millones.

El cáñamo es una planta versátil que se puede aprovechar casi en su totalidad: sus fibras sirven para elaborar textiles resistentes, papel, bioplásticos y materiales de construcción; sus semillas tienen aplicaciones alimenticias y cosméticas; y sus residuos se pueden emplear como biocombustible.

Pese a su potencial, el cáñamo industrial aún no se cultiva de forma masiva en Colombia, entre otros aspectos porque requiere grandes extensiones de tierra, y eso no es rentable para las empresas privadas. “Todo el cáñamo que se usa aquí, especialmente en textiles, se importa de Asia o África. El mercado local es completamente virgen; no hay competencia porque nadie lo está cultivando. La mayoría prefiere importar antes que producir localmente”, explica David Eduardo Moreno Castro, abogado de la Universidad Santo Tomás y co-creador del proyecto, seleccionado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MinCiencias).

Transformación local y formación para comunidades rurales

En este contexto, el proyecto se perfila como una estrategia para introducir el cáñamo como nuevo renglón económico en la región. Para ello se instalarán dos plantas de transformación vegetal: una en zona de cultivo y otra móvil con base en Tumaco (Nariño), las cuales permitirán procesar las fibras para convertirlas en papel y bioplásticos. Además, se implementará un aula rural interactiva como espacio de formación y apropiación del conocimiento en comunidades campesinas, afrodescendientes e indígenas.

Con una duración de tres años, el proyecto espera generar 388 empleos formales en zonas rurales priorizadas, reducir la informalidad laboral regional en un 0,09%, y aumentar en un 10% los ingresos familiares derivados del cultivo. También se fortalecerán al menos 6 cooperativas locales y se producirá conocimiento aplicado mediante publicaciones científicas y procesos de formación comunitaria.

“Este proyecto propone no solo una alternativa económica legal, sino un modelo que articula conocimiento, territorio y cultura en comunidades históricamente afectadas por el conflicto”, afirma Daniela Baracaldo, politóloga de la UNAL y coordinadora de la iniciativa.

En su fase inicial, el proyecto contempla sembrar 15 hectáreas de cáñamo, con un rendimiento estimado de 3 toneladas por hectárea, lo que permitirá obtener 45 toneladas. Este volumen se transformará en insumos industriales, dando paso a una cadena de valor que hoy no existe en el país.

Uno de los componentes más innovadores del proyecto es la recuperación de fuentes semilleras de cáñamo, es decir los registros legales que autorizan su uso, cultivo y comercialización en Colombia. Actualmente estos están controlados por pocas empresas.

A través de alianzas estratégicas, el equipo del proyecto logró que varias compañías —ya inactivas pero con registros vigentes— cedieran sus licencias a cambio de que se realizara la caracterización agronómica de las semillas. Esto permitirá que las comunidades las usen libre y perpetuamente, rompiendo así con los monopolios del material genético y devolviéndoles el control sobre su propia producción.

“Nos encontramos con un mercado cerrado, en el que las fuentes semilleras estaban en manos de pocas empresas. Logramos acuerdos para utilizar esos registros y garantizar que las comunidades tengan acceso libre y perpetuo a las semillas, sin depender de monopolios”, añade el abogado Moreno.

El proyecto fue formulado por investigadores del grupo Presidencialismo y Participación de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la UNAL, con el apoyo del Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico-Sociales Gerardo Molina (Unijus) y la participación de las Facultades de Ciencias y Ciencias Agrarias, junto con la Universidad Santo Tomás.

La iniciativa surgió a partir del diálogo con comunidades que se sentían excluidas de los debates sobre la legalización del cannabis, muchas de las cuales desconocían que podían acceder a licencias o que existían alternativas legales viables.

Esta propuesta se presenta ahora como una opción productiva legal que reconoce su experiencia agrícola y busca transformar las condiciones estructurales del territorio. Actualmente está en etapa de aprobación ante el Órgano Colegiado de Administración y Decisión (OCAD), cuya evaluación final se conocerá el próximo 9 de junio.