* La rana venenosa de rayas amarillas solo habita en los bosques secos tropicales de Colombia. Foto Cortesía: Matthijs Kuijpers / Biosgarden / Biosphoto vía AFP.
Agricultura & Ganadería
(UN – Jueves 19 de marzo de 2026).- Un estudio que analizó el sistema digestivo de la rana venenosa de rayas amarillas Dendrobates truncatus, autóctona del país, encontró que su cuerpo está altamente especializado para alimentarse de hormigas y ácaros, entre otros artrópodos del bosque seco tropical, un hábitat del que hoy queda menos del 10% en el país. La pérdida de ese entorno no solo reduce su alimento, sino que también podría debilitar el mecanismo que le permite producir su veneno y sobrevivir ante depredadores como aves y serpientes.
Antiguamente el bosque seco tropical —presente especialmente en zonas cálidas del Caribe y el valle del Magdalena— era un mosaico de árboles bajos y plantas resistentes a la sequía, pero hoy en muchos lugares se ha reemplazado por potreros con ganado, cultivos y carreteras. Considerado durante décadas como terreno “disponible”, la deforestación lo ha reducido a parches aislados, islas de sombra en un océano de sol, poniendo en riesgo a miles de especies de animales y plantas.
Un estudio adelantado en 2023 por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza evaluó 8.000 especies de anfibios y alertó que el 40% de ellas corre algún tipo de riesgo de desaparecer, es decir 2.873 especies, que incluyen a las ranas venenosas.
Con la pérdida de árboles de dichos bosques se va algo más que el paisaje: se va la humedad que se refugia bajo la hojarasca, los hongos que descomponen la materia orgánica, y sobre todo los pequeños habitantes del suelo: hormigas, ácaros y termitas. Para un animal grande esa pérdida puede pasar desapercibida, pero para la rana venenosa de rayas amarillas, que mide apenas unos centímetros, es la diferencia entre un bufet y una mesa vacía.
Esta especie, que habita los bosques del Magdalena y el Caribe, no caza presas grandes ni variadas, recorre el suelo del bosque como una recolectora minuciosa, capturando insectos que le proveen proteínas, energía, y especialmente alcaloides, moléculas que su organismo almacena en la piel y que la convierten en un pequeño frasco viviente de toxinas. Su veneno no nace en su sangre sino en lo que come. Entre los depredadores más frecuentes de estas ranas están las serpientes Liophis epinephelus, resistente a la mayoría de las toxinas de las especies venenosas.
Pequeña en tamaño, grande en resistencia
Para entender hasta qué punto D. truncatus depende de ese menú de insectos (en especial hormigas de la subfamilia Myrmicinae), el biólogo Rubén Darío Guzmán Rojas, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), observó lo que ocurre dentro del pequeño cuerpo de la rana, específicamente en su sistema digestivo, trabajo dirigido por el profesor Juan Manuel Carvajalino, del Departamento de Biología.
Los investigadores analizaron 15 ejemplares provenientes de la Colección Herpetológica del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la UNAL, extrayendo la salida del estómago y la parte final del intestino delgado; luego realizaron cortes de tejido muy delgados, los tiñeron con tricrómico de Masson (que permite distinguir fibras y tejidos) y los observaron al microscopio óptico; además, midieron el grosor de la submucosa con el software ImageJ y aplicaron análisis estadísticos para comparar regiones y diferencias entre machos y hembras.
La atención se centró en la submucosa, una capa que funciona como amortiguador y red de soporte del intestino. Allí hay vasos en donde la sangre recoge los nutrientes y las sustancias químicas absorbidas tras la digestión. En total se realizaron más de 1.000 mediciones microscópicas de su grosor, como si se tratara de cartografiar un territorio invisible.
“Los resultados sugieren que el intestino de esta rana está diseñado para una dieta específica y constante de presas pequeñas y relativamente duras, ricas en quitina. En las zonas planas del tejido la submucosa es más gruesa, lo que ayudaría a soportar la presión de ese flujo continuo de insectos, mientras que en los pliegues es más delgada, facilitando así la absorción eficiente de nutrientes y toxinas”.
“También hallamos una diferencia entre sexos: las hembras presentan un engrosamiento mayor de esta capa, posiblemente asociado con las enormes demandas energéticas para producir huevos, mostrando que incluso la reproducción deja huellas microscópicas en el intestino”, explica el investigador Guzmán.
La alerta es una realidad
Los hallazgos no demuestran que la especie esté en peligro de extinción, pero sí revelan algo más inquietante: que su cuerpo parece afinado para un tipo de alimentación muy específico, propio de un bosque intacto, que funciona mejor cuando el ecosistema está completo, lo cual no ocurre con el bosque seco tropical actual.
Si el bosque se fragmenta, si la hojarasca desaparece, si las comunidades de insectos cambian, es como una sinfonía en la que la música se interrumpe. Puede que la rana aún encuentre comida, pero no necesariamente la que la convirtió en lo que es. Sin ciertas hormigas, su arsenal químico podría disminuir; sin humedad suficiente, su actividad se reduce; y sin cobertura vegetal, queda expuesta a depredadores y al calor extremo.
“Los anfibios suelen ser los primeros en resentir estos cambios, ya que su piel permeable los obliga a vivir pegados al clima, al agua y al suelo. En cierto sentido son termómetros vivientes del estado del ambiente, y cuando empiezan a desaparecer rara vez es un problema aislado: es un síntoma de un riesgo mayor”, señala el biólogo.
En ese sentido, mirar el intestino de una rana también es mirar el interior de un paisaje o ecosistema. Allí, en capas microscópicas, se revela hasta qué punto la vida puede depender de detalles diminutos como una hormiga, una hoja caída, una sombra suficiente para conservar la humedad, cosas pequeñas que sostienen cosas aún más pequeñas, y que juntas mantienen en pie todo un mundo.











